Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

8/13/2007

Sobre "David Golder"


DAVID GOLDER

Irene Némirovsky

Narrativa Salamandra

La novela “David Golder” es un breve y agudo retrato del Capitalismo encarnado en uno de sus ejecutantes –que ahora se llaman ejecutivos y son empleados a sueldos astronómicos e impensables–, y tiene su acción situada en los años veinte, aquellos que se llamaron “felices” y que fueron el alegre, y en ocasiones dramático, impasse económico entre dos grandes guerras. Por entonces –también por ahora, al menos en ciertos sectores– un hombre de negocios podía hacerse inmensamente rico no perteneciendo a ninguna gran corporación, sino por su propio esfuerzo y casi en solitario, siempre que se convirtiera en un sacerdote abnegado del sistema. Y eso exactamente es el protagonista de la primera novela de Irene Némirovsky, una escritora que no tenía los modelos muy lejos, pues su propio padre era uno de estos ambiciosos negociantes, enriquecido hasta el delirio por lo que hoy llamaríamos “pelotazos”, que no son más que oportunidades no demasiado limpias que el Capitalismo ofrece a sus hijos más osados, hijos con los que, sin embargo, no hay piedad nunca en la caída.

Pero sabemos que el Capitalismo es también el hijo predilecto de otro sistema no menos despiadado, su colaborador indispensable y, en realidad, la vía históricamente más reciente para mantenerse a flote. Hablamos de un sistema muy antiguo, más que cualquier otro sistema, que configura el mundo simbólico y que ha ido utilizando a lo largo de la Historia todo modo de organización para perpetuarse. Para decirlo con más propiedad, todos los sistemas económicos, de producción, de organización social, no son sino las formas dimanantes del Gran Padre, las únicas que podían nacer de una constelación simbólica como el Patriarcado.

Por esa razón, por ser el reflejo individual de todo un sistema, David Golder ofrece, como toda obra literaria bien construida, varias posibilidades de análisis. Se puede ver desde diferentes puntos de vista sin que el objeto original pierda su unidad, porque todo encaja perfectamente; los aspectos sociales no están disociados de los meramente humanos, ni los económicos de los sociales. Naturalmente, y considerando lo dicho anteriormente, “David Golder” ofrece también un interesante análisis de género, que también encaja al milímetro en el orden total de la obra y –cómo no– en la sociedad de la cual es un retrato.

El protagonista de la novela, un judío enriquecido súbitamente, hombre implacable de negocios, es una de las figuras del padre más extremadas. Ocupa el espacio público casi constantemente y sólo de un modo precario el espacio privado, donde no es sino el instrumento, la máquina infatigable de producción de bienes. No es querido ni cuidado, sino sólo temido –no temido en sí mismo, por su personalidad y autoridad, sino por la contingencia de su ser y el riesgo que pueda correr como provisor– y, desde luego, utilizado. Su vida y su salud no interesan sino en la medida en que es el que aporta los recursos para el mantenimiento de un status social y económico del que la familia –si así puede ser llamada– es advenediza. Sus sentimientos, sus recuerdos, sus intereses personales, no cuentan para nadie. La familia no está hecha de sucesivas generaciones que atesoran los recuerdos y las tradiciones, sino de advenedizos que todo lo ignoran sobre su persona; él es un hombre “nuevo”, por lo cual su origen no cuenta, ya que el dinero, conseguido de súbito, lo ha sacado de su mundo primigenio y lo ha convertido a él mismo en un recién llegado a la cumbre del sistema. Ni siquiera la muchacha con la que se unió en la pobreza es la misma, aunque sea la misma persona. Sobre ella ha obrado también el desarraigo. Las transformaciones que ambos, hombre y mujer, han sufrido en su vida por causa del dinero han obrado en función del género, como no podía ser de otro modo. Si David Golder ha alcanzado los más extremados modos del padre, ella ha llegado a ser la abeja reina, una de las figuras extremas de la madre. Pero no podemos entender esto en un sentido mítico primitivo, donde ser madre o padre por excelencia eran los caracteres de un patriarcado original y primario donde las marcas de género respondían a unas funciones sociales determinadas, sino que en este caso, en un sistema capitalista avanzado, tales papeles simbólicos se convierten en grotescos, debido a su perversión, es decir, al desvío de sus originales funciones, ya que en ningún caso las cumplen. Son ambos pura parodia. Ni David Golder es la cabeza visible de un grupo patriarcal que asegura bajo su férula la supervivencia de sus descendientes y el mantenimiento de un orden social, ni su mujer es la madre fecunda que asegura la continuidad biológica. Ambos son fundadores de la nada, parásitos de la tierra, simples muñecos que ocasionalmente cumplen un papel para un sistema desnaturalizado que ya no sirve al hombre, sino que se ha convertido en una maquinaria implacable contra el ser humano. La guerra parece anunciarse ya en esta perversión, aunque no sea nombrada en ningún momento, se puede vislumbrar. Es necesario un nuevo pacto social en la fratría para la supervivencia: el conflicto está en qué tipo de pacto. El totalitarismo fascista y el comunista proponen dos posibles pactos en los cuales el sistema capitalista desaparecería –lo cual sabemos que al final no es verdad del todo–, con la instauración de un nuevo sistema oligárquico bajo la capa ideológica de lo popular o lo patriótico; las potencias occidentales llamadas democráticas proponen otro tipo de pacto ecléctico, el de la famosa frase de Lampedusa, que todo cambie para que nada cambie. El sistema sigue funcionando, limando su ferocidad. Al modo salvaje del período de entreguerras, no había camino para su continuidad. Y naturalmente cualquiera de los sistemas da por sentado que subyace la línea patriarcal, la cual es la verdadera armazón de todo. Sea cual sea, será un pacto entre caballeros, una vez terminado el juego masculino de la guerra que dirimirá qué tipo de pacto social se impondrá. En cualquier caso lo que muestra la novela de Irene Nemirovsky es la perversión absoluta del sistema patriarcal a manos de un sistema capitalista que es su hijo más reciente y querido, pero en esa perversión, como ya queda dicho, hay mucho de risible, si no fuera tan cruel que borrara toda sonrisa.

David Golder reúne en sí, ya queda dicho, como personaje, las características más exacerbadas del Padre. Su falta de piedad humana es una de ellas. Al Padre le interesa sólo la maquinaria, que todo continúe retroalimentándose. En este caso, el flujo de dinero, que ya es puro símbolo. Nadie está libre de ese afán por el dinero, al cual, por otra parte, no se le tiene ningún respeto. El dinero no es nada en manos de los personajes. Los que lo tienen lo despilfarran sin pena ninguna, los que no lo tienen se acogen al despilfarro de los otros. El primer caso es el de la mujer y la hija de Golder, el segundo el de Hoyos y otros parásitos acogidos a su mundo privado. Para él mismo el dinero es un puro juego de negocios. De hecho, Golder puede vivir con poco. En la ruina, vive en la austeridad absoluta. De lo cual podemos deducir que el dinero no es para él un modo de procurarse los medios de vida, ni siquiera los placeres que pueda proporcionarle, sino un elemento de carácter simbólico que se convierte en el objetivo mismo de su acción. La única finalidad que le encuentra cuando lo consigue es ponerlo a los pies de la mujer –primero la esposa, luego la hija– como ante una diosa insaciable. El placer que él obtiene está en el mismo modo de conseguirlo; es un juego de poder y astucia que le permite aplastar a los otros, como ocurre con su socio, cuyo suicidio abre la novela.

Los personajes en la novela no tienen eso que en narrativa se llama “psicología”. Alguien podría pensar que es un defecto de novelista joven –la autora tenía sólo veintisiete años cuando la publicó–, pero si es un defecto, realmente conviene al asunto tratado, pues estos personajes no precisaban ni un rastro de humanidad; son sólo esquemas de ambición y avaricia, como en el caso de Gloria, la mujer de David Golder, y él mismo, o de inconsciencia y frivolidad, bajo la cual hay tanta ambición como en los otros, como en el caso de Joy, la hija del matrimonio Golder, la nueva diosa que ha reemplazado a la madre en la exigencia de sacrificios, al final incluso humanos. En la extrema sofisticación del sistema capitalista avanzado volvemos a encontrar un fondo cruel de primitivismo. Sólo un personaje parece tener algo de lo que podríamos llamar humanidad, y es un personaje bastante menor en la novela, que sin embargo cobra una gran importancia simbólica: el joven marinero inmigrante que asiste a la muerte de Golder en el barco que le lleva a Constantinopla una vez consumado el gran negocio que rehace su fortuna para su hija. Este muchacho, entre la compasión y la codicia, está a su lado en esos momentos dramáticos. La compasión y el interés humano es lo primero que surge en él, aunque luego, a la vista de la cartera del hombre de negocios, piense también en la posibilidad de que ese dinero sea finalmente para él, como así resulta finalmente. Al menos en él encontramos la mezcla de sentimientos e intereses que es humana, no la pura linealidad de los demás personajes. Su carácter cobra importancia en la novela por representar la continuidad del sistema; este muchacho que huye de la Rusia comunista, va hacia Occidente para hacerse rico, para ser el nuevo Golder, y es el mismo Golder el que le proporciona la oportunidad de serlo, con ese dinero y los encargos que le hace para cumplir cerca de los centros de poder económico. Golder encuentra en él un heredero extraño, el hijo “espiritual” que puede reproducir lo que él ha sido como servidor del Capital. La línea de sucesión no podía ser femenina. Su hija no era una persona sino el objeto deificado ante el que poner las ganancias, lo arrancado por la fuerza a la naturaleza en una lucha que ya no es directa, sino medidada y simbólica. Ciertamente, Golder se asegura bien de que no sea ella nunca la que disponga de su dinero total, sino que sea la simple beneficiaria periódica de su rendimiento. Al muchacho le hace un legado mucho más importante, con la donación del poco dinero que lleva en su cartera, el legado de la continuidad, si es, como él, un hijo osado del sistema.

3/08/2006

El espíritu de Casandra

Este artículo lo escribí en el año 2001, durante la invasión de Afganistán por la coalición internacional, antes de la invasión de Irak. El tiempo ha dado la razón a los que nos oponíamos tanto a una invasión como a otra. Los pronósticos de Casandra se han cumplido. ¿Habrá alguna vez una conciencia clara de que la guerra es una psicopatía política?

Diciembre 2001

Escuela Hoy nº 65
Revsita de STERM-La Intersindical

EL ESPÍRITU DE CASANDRA

Leyendo, muy oportunamente, un opúsculo de León Tolstoy, “Objeciones contra la guerra y el militarismo”, no he podido sino relacionar todo lo que el escritor dice, respecto a las guerras de su tiempo, con las guerras del nuestro. A veces, parece que está hablando de los comienzos del siglo XXI y a veces parece que nos está avisando de las consecuencias de lo acaecido en su tiempo realizadas en el nuestro. A esto último yo le llamo el “espíritu de Casandra”. Casandra era la hija del rey Príamo de Troya. Tenía poderes adivinatorios, pero yo creo que lo que tenía era mucha cabeza y mucho sentido común. Avisó una y otra vez de lo que se les venía encima; nadie le hizo caso, como suele acontecer , porque la mucha cabeza y el sentido común suele ser garantía de que nadie te hará caso y porque la gente en general prefiere creer lo que desea y no saber la verdad. Las consecuencias de aquel desoír las predicciones de Casandra ya las conocemos. De las predicciones de Tolstoy aún no lo sabemos todo, pero ya empezamos a verlas asomar. Esto que está pasando ahora mismo, el arrasamiento de Afganistán, el ataque desaforado de Israel sobre Palestina, los avisos de arrasamiento de otros países, no es más que el principio. Quisiera ser optimista, pensar, con mirada de satélite -de águila se decía antes- que en el largo camino de la Humanidad esto no es sino una insignificancia, algo incluso necesario para el surgir de una conciencia superior que elimine de la tierra esta sangría y que nos convierta a todos en Casandra; pero yo no confundo mi deseo con la realidad y lo que deduzco de todo esto es que acabaremos como los troyanos.

Palabras de Tolstoy: “Corremos hacia el abismo, no podemos detenernos y caemos en él. Cada hombre razonable que reflexiona respecto a la situación actual en que se encuentra hoy la humanidad, y respecto a aquella hacia la cual va inevitablemente, ha de ver que esta situación no tiene salida, que no se puede inventar ninguna situación, ningún establecimiento que nos salve de la pérdida, hacia la cual corremos de un modo inevitable.” Tolstoy fundamenta toda guerra, mediante citas de autores antimilitaristas, en los intereses económicos y de poder , siendo estos últimos, como ya sabemos, también una cuestión económica. Al igual que se decía a propósito de cualquier crimen “cherchez la femme”,-perdonad que recuerde esta repugnante frase- ante cualquier guerra habría que decir “buscad los intereses”. Y sin duda en esta absurda y cruel guerra que pone los cimientos del nuevo siglo los hay y muy poderosos, hasta el punto de que los más suspicaces empiezan a sospechar que todo esto tiene un desagradable tufo a escenografía. Que las vidas humanas, sean de donde sean, no les importan a las grandes mafias del poder es algo que sabemos. Por lo tanto pondrán esas vidas inocentes al tablero, sin ningún remordimiento, si eso conduce los acontecimientos y la historia por donde a esas mafias les convenga.

Diálogo entre diplomáticos que transcribe Tolstoy: “Preveo entonces que, desgraciadamente, habrá guerra, que se derramará mucha sangre y serán muchos los que mueran”. Y el otro le responde: “No lo crea usted; a lo sumo diez mil hombres de cada parte, y nada más”. O sea, veinte mil seres humanos, nada más.

¿Cuántos resultarán de estos conflictos actuales, contando también con los de NY? No importa, unos cuantos desgraciados nada más, según las mafias del poder.

Y repito una pregunta que en otra parte hice pública y que me sigo haciendo todos los días. Imaginemos que en un futuro se sabe toda la verdad, porque ya ha ocurrido otras veces en la historia, y que entonces se exija el juicio de toda esta locura. ¿Tribunales internacionales? ¿Habrá instituciones en verdad eficaces para dirimir conflictos entre naciones? Tal como vamos desde luego no.

¿Quién juzgará a los que escriben la historia con sangre? Dice Tolstoy: “Instituir un tribunal internacional para resolver las diferencias internacionales! ¿Y quién hará someterse a las decisiones de ese tribunal a un demandante que tenga sobre las armas millones de soldados!”. Y ahora añadimos millones de dólares, y poder absoluto, y dominio absoluto de la comunicación. Parece que Tolstoy se está refiriendo a Bush, a Sharon, a la ONU.

El espíritu de Casandra está presente todavía en este mundo. Al menos eso. Pero consuela poco, la verdad.

3/05/2006

Los relojes de Mulay Ismail

Por una pequeña y venial corruptela pudimos ver, fuera de su horario de visitas turísticas, la mezquita de Mulay Ismail en la ciudad de Meknés. El guía nos aseguró que aquella excepción sólo había sido hecha con ciertos legendarios artistas de Hollywood. Con toda seguridad, sería mentira, pero el propio hecho de que te mientan por halagarte ya es en sí mismo un halago. Como fuera la cosa en realidad, reconozcamos lo excepcional: entramos en el silencio de una mezquita pequeña, recoleta, pulcra, a la hora sagrada del atardecer. La mezquita era de una belleza sobria y elegante, hecha más de vacíos que de objetos bellos. Ningún sentido se veía allí privilegiado sobre otro, como no fuera un sexto sentido oculto hasta entonces y que allí se descubría, una mezcla de espiritualidad y sensualismo.

La mezquita de Mulay Ismail, ese edificio modesto y sobrio en la magnificencia de la ciudad imperial, es una de las pocas abiertas a los infieles, es decir, a los más infieles de los infieles, los turistas. Es así porque no está destinada a la oración, sino que es un mausoleo y no precisamente de un hombre santo, a pesar del título que precede al nombre. Mulay Ismail fue un califa marcado como uno de los más crueles y tiránicos en la historia del Magreb. Su tumba, en la penumbra, abierta al patio de tejadillos verdes, no se distingue por nada especial de las tumbas de otros califas, si no fuera porque las paredes que la rodean muestran algo insólito en semejantes lugares: una colección de relojes de péndulo, todos en funcionamiento desde hace dos siglos. Incansables. Acompasados. Mulay Ismail descansa, no sabemos si en paz, marcando su sueño eterno al compás de una veintena de relojes de pared del siglo dieciocho de la era cristiana, los ingenios más avanzados de su época, realizados por sabias manos europeas, todos ellos regalo de otro déspota, éste ilustrado, Luis XIV, rey de Francia. Nadie puede dudar de que el hecho da para muchas reflexiones, entre otras, de cariz filosófico, como considerar la paradoja caprichosa del tirano de acompasar la eternidad de la muerte con el ir y venir incansable de los péndulos. El Tiempo. Pero no es lo filosófico, ni lo elegíaco, ni lo simbólico, ni siquiera lo indudablemente poético del caso, sino lo que de histórico y lo que se puede decir del pasado y del futuro, lo que nos hace ahora pensar.

Mulay Ismail, ya lo sabemos, fue un tiránico y cruel califa, pero ilustrado, aunque algo menos que su contemporáneo y amigo rey francés, el cual lo tuvo diplomáticamente contento con meterse poco en sus asuntos y con hacerle estupendos regalos. El califa magrebí se perecía por los inventos europeos de su siglo, pero no precisamente por aquellos que afectaban a la producción agrícola, artesanal e industrial, que ya empezaban a asomar la cabeza en Occidente, sino por los autómatas, tan propios de la época, por los juguetes mecánicos y por los relojes. A Luis XIV también le gustaban. Y ambos monarcas entretenían sus escasos ratos de ocio entre cabezas cortadas, intrigas políticas y diplomáticas, torturas y demás cosas del gusto de los tiranos, con este tipo de fruslerías. Para Mulay Ismail todo aquello era la maravilla, la fascinación. Como ya sabemos, para el monarca francés también, sólo que en su caso autómatas, relojes y otras lúdicas maquinarias eran los antecedentes de una lenta revolución que vendría más tarde. Primero una revolución intelectual, ética y cultural: la Ilustración. Luego, otra de carácter económico y social: la Revolución Industrial. Luis XIV no vio ninguna de las dos revoluciones, naturalmente, pero el mantenimiento de las estructuras feudales, con un dominio exclusivo de la aristocracia y de la Iglesia, ambas corruptas y decadentes, más esa revolución ética y cultural que fue la Ilustración, llevaron a su nieto Luis XVI a la guillotina para que una pujante clase social, la burguesía, lo que hoy llamamos clases medias, alcanzara sus derechos. Y de esta revolución, que fue, ésta sí, sangrienta, la Revolución Francesa, partió todo un concepto de la vida social y política que marcan el desarrollo del mundo occidental, la mayoría de las veces por desgracia más como una constante aspiración, más como un ideal a conseguir que como una realidad. La base sobre la que se asentó aquel nuevo concepto vital y político era, por decirlo simplemente, un acuerdo de mínimos por el cual todos los seres humanos tenían que ser considerados iguales ante la ley y en derechos, sin consideración de origen ni nacimiento. Incluidas, naturalmente, las mujeres, aunque en principio los padres de la Ilustración no contaran con ellas; para su sorpresa patriarcal, la liberación femenina era una consecuencia lógica e indeseada de ese acuerdo de mínimos concebido por un grupo de hombres. Ni para el pueblo en general, ni para las clases medias, ni para las mujeres, ni en realidad para nadie, ha sido ni es un camino fácil la defensa de ese convenio que se concretó en la Declaración de Derechos Humanos casi un siglo después de la Ilustración. A cada momento y en todos los lugares, y especialmente en estos momentos actuales, los derechos humanos son violados o están en peligro de serlo, porque la solidaridad y la democracia son construcciones culturales muy recientes en la historia de la Humanidad, un fruto del intelecto y de la sensibilidad, de la consideración del otro como un igual, de la razón en definitiva, mientras que el abuso, la dominación, el deseo de usar la fuerza bruta, son sentimientos ancestrales, no sometidos a reflexión, a los que muy fácilmente se apela por gobiernos y colectivos para fines económicos y de poder. La barbarie se defiende ella sola. La democracia, la igualdad, los derechos humanos, hijos todos de la razón, son frágiles, hay que defenderlos palmo a palmo, día a día, y sin el recurso de la fuerza ni de la violencia, sino sólo acudiendo a la fuente de la que nacieron: el diálogo, la reflexión, la razón.

El estado feudal de Mulay Ismail se mantuvo mucho después de que guillotinaran al nieto de Luis XIV. Pervivió soterrado bajo las capas lúdicas de Ilustración, bajo el colonialismo y la independencia. Se mantiene aún, nos guste o no admitirlo, en las políticas corruptas del Magreb, en una extraña alianza entre la teocracia, la intriga palaciega y las leyes, modos y tecnologías occidentales. La Ilustración nunca llegó a este pueblo noble, trabajador, familiar, espiritual y sensual como sus mezquitas. Tampoco apenas les llegó la Revolución Industrial, sino en forma de colonialismo y explotación abusiva.

Hoy en día los descendientes de aquellos súbditos de Mulay Ismail vienen al mundo occidental llenos de esperanza de futuro para ellos y para sus hijos e hijas. Traen sus buenas cosas y también lastres de un pasado que nunca puso la igualdad y la democracia como horizonte. De pronto tienen que entender y asimilar el acuerdo de mínimos para desarrollar su vida aquí, para el trato de sus mujeres y de sus hijas, para la adquisición de una cultura diferente, para la educación y para la sanidad. Aquí se lo exigimos como previo, como si para nosotros fuera carta de naturaleza y no adquisición lenta e histórica. Consideramos importante que lo hagan. Y lo es, tendremos que reconocerlo. Pero a la vez cómo podremos explicarles que el acuerdo que tienen que asimilar y practicar los excluye en la mayoría de los casos, que la barbarie ancestral y el afán de dominación y abuso están por encima de los derechos que para nuestro orden social hemos instituido.

Por el momento los poderes públicos actúan con ellos como Mulay Ismail y Luis XIV. A los poderes públicos magrebíes les regalamos autómatas, juguetes y relojes, tecnología barata, en definitiva nada serio. A sus hijos los dejamos morir en el mar, los explotamos como ilegales -¿alguna persona es ilegal?-, los detenemos sin pruebas ni fundamento alguno, los tenemos bajo sospecha y, en general, los apartamos y marginamos bajo la propagación insidiosa de ideas xenófobas desde el mismo centro del poder, bajo la promulgación de leyes absolutamente injustas e insolidarias. ¿Quién se atreve ahora a decir que nuestro sistema y modo de vida es un espléndido hijo de la Ilustración?