11/30/2009
Comisión 8 de Marzo
6/30/2007
5/30/2007
Cécile Chaminade: una compositora ignorada
CÉCILE CHAMINADE
El joven Bizet, habitual visitante de la familia Chaminade junto con otros músicos célebres, no se equivocó en absoluto al recomendar encarecidamente que aquella diminuta genia tenía que seguir estudios musicales más allá del ámbito familiar. Su padre, sin embargo, tenía otra idea acerca de lo que la música podía significar para una mujer de su clase. Se opuso enérgicamente y declaró que una mujer burguesa sólo podía ser una buena madre y esposa. Tanto le lloraron madre e hija, tanto rogó Bizet como amigo de la familia, que el padre, unos años después consintió en que la jovencita acudiera a tomar lecciones con reputados maestros de la época, con la única condición de que esas clases fueran privadas, es decir, recibidas en absoluta soledad. No pudo Cécile compartir con otros condiscípulos sus avances y experiencias, ni aprender en la interrelación que es siempre una clase colectiva. No vivió, po supuesto, el ambiente musical del Conservatorio de París. Tampoco pudo variar apenas de maestro. Benjamin Godard fue su maestro más constante e influyente. Sin embargo, desde que tocara a los ocho años unas pequeñas piezas sacras que ella misma había compuesto para su primera comunión, las que fueron el asombro deBizet, no dejó nunca de ser alabada y celebrada como compositora e intérprete, lo que no impedía que ella en muchas ocasiones no se mostrara demasiado segura de sus cualidades creativas; no debe asombrarnos tal cosa, porque hay que considerar estas dudas, por una parte, las propias del propio proceso creador y, por otra, el hecho de ser una verdadera pionera en cuanto a su camino como compositora de éxito mundial; muchas mujeres antes se habían dedicado a la música como intérpretes, bien en el ámbito público, pero sobre todo en el ámbito privado del hogar o de los conventos; pocas, sin embargo, habían podido desarrollar su labor creativa como compositoras, pero desde luego a ninguna se le había permitido una carrera pública en este sentido. Tenemos el estremecedor ejemplo de Fanny Mendelshon o de Alma Mahler, que sufrieron todos los prejuicios de su época y no pudieron desarrollar sus cualidades musicales como debían, por el simple hecho de ser mujeres. El caso de Cécile Chaminade se convierte entonces en un primer ejemplo paradigmático de mujer compositora con una carrera propia y exitosa.
Hasta la muerte de su padre, que en los últimos tiempos de su vida ya se mostraba orgulloso de la carrera de su hija y parecía haber olvidado de pronto el fin de toda mujer burguesa, Cécile escribió lo que el mundo fuertemente masculinizado de su época llamaba “música seria”. Su maravilloso y virtuosista “Concertino para flauta”, que sigue siendo un desafío para cualquier flautista fue compuesto, quizás para un flautista del que estaba enamorada y con el cual no llegó a casarse, aunque puede resultar un hecho legendario, ya que la única biografía más o menos fiable de Chaminade, la que hizo su sobrina Antoinette Lorel, permanece aún inédita en manos de la familia. A lo largo de su vida sólo se casó una vez, con un anciano editor de música marsellés, con el cual mantuvo o bien una relación platónica o bien un tranquilo matrimonio de conveniencia, el cual sólo duró cinco años. Viuda de Monsieur Carbonel, el editor musical, jamás volvió a casarse. Decía de ella misma: “Mi amor es la música, de la cual yo soy la religiosa, la vestal”.
A partir de la muerte de su padre, que no le dejó precisamente una economía boyante, debido a sus malas inversiones, la música se convirtió en su modo de ganarse la vida para ella y para su madre, que fue, mientras vivió su fiel compañía. Eso podría explicar que no escribiera más de la llamada “música seria”, sino sólo piezas de piano para pianistas intermedios y canciones acompañadas de piano. Esta dedicación suya le proporcionó un enorme éxito en toda Europa y en Estados Unidos. La admiración por sus composiciones alcanzó a tanto que se fundaban clubs femeninos de admiradoras, y no sólo de su música, sino de su talante y estilo como mujer. En uno de esos clubs se llegó a formar una acróstico con sus iniciales que la definía como ideal de mujer profunda, creativa, casi con un cariz místico.
C – Concentrado y concertado esfuerzo.
H – Harmonía[1] de espíritu y trabajo.
A – Artísticos ideales.
M – Mérito musical mantenido.
I - Inspiración.
N – Notas.
A – Ardor y aspiración.
D – Devoción por el deber.
E – Empeño honorable.
Tenía un público femenino ferviente que la adoraba, mientras los sectores musicales masculinos, o sea, la gran mayoría, se pasmaban por una parte de sus cualidades o denigraban su música como música de salón. Lo cierto es que sus canciones siguen siendo hoy en día una verdadera delicia, aunque su nombre esté olvidado del gran público y sólo reservado a unas cuantas personas curiosas, eruditas y musicólogas. Steel Moegle, una de sus estudiosas, defiende su labor como compositora explicando el espacio que la música clásica dejaba al descubierto y que ella cubrió ampliamente y con excelencia. En definitiva, Chaminade escribía su música para sus contemporáneas, para las mujeres aficionadas a la música, pianistas y cantantes de mediano nivel. Quizás estemos ante un caso de lenguaje femenino incomprendido por el grupo humano que ha detentado el poder cultural durante siglos. Así como Virginia Woolf reclamaba para las mujeres creadoras una habitación propia, quizás lo que deba ser reeivindicado de una vez hoy en día, y ya sabemos que con lento y pacífico trabajo, sea una voz propia y una crítica acertada y justa que la comprenda. Chaminade, en el campo musical, la tuvo y eso le costó que siempre pusieran en entredicho su originalidad –todos los críticos tratan de encontrar el compositor al que se parece en cualquier pieza-, su peso específico – sus piezas son calificadas de ligeras-, o su papel innovador, cuando tales cosas nunca son buscadas en compositores varones. Se le buscan maestros y antecedentes, no parecidos; la ligereza en ellos es gracia; la falta de innovación es para ellos acertada utilización de los recursos tradicionales. Chaminade era una mujer en un mundo creativo de hombres. Un músico llegó a decir de ella, y esto no se sabe muy bien cómo tomarlo, que no era mujer que componía, sino un compositor que era mujer. Curioso tema para una larga reflexión sobre el género en la música, e incluso en otras artes. Pero sobre todo en la música, un coto fuertemente cerrado y defendido durante siglos de la presencia femenina.
De ello tenía verdadera conciencia la compositora y su análisis acerca de las cualidades creativas de las mujeres y las barreras casi infranqueables que podían encontrar se reflejan claramente en estas palabras suyas:
“Yo no creo que las pocas mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para las mujeres; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado seguridad… La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo en el mundo y el trabajo que su sexo y condición les impone no ha sido ajustado a darle una completa idea para el desarrollo de lo mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y sólo unas pocas, a pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa incapacitación”.
Cécile recorrió toda Europa con enorme éxito, llegando hasta la misma Turquía. La reina Victoria de Inglaterra la recibió con honores en Windsor. Su gira por los Estados Unidos fue clamorosa. Fue recibida por el propio presidente Roosvelt, agasajada y admirada en Canadá.
Su obra consta de más de cuatrocientas composiciones, de las cuales apenas podemos escuchar hoy en día algunas grabaciones. Entre sus composiciones, la mayoría publicadas sólo en partitura y no grabadas comercialemente, encontramos un ballet, “Callirhoé”, que se mantuvo en cartel durante meses desde su estreno; el famoso Concertino para flauta; los Seis estudios de concierto para piano; una obra escénica, “La Sevillana”; una Sonata en Do menor; una gran cantidad de hermosas canciones para soprano y piano; innumerables piezas para piano solo. No resulta comercial, es de suponer. Hasta tal punto esto es así que una magnífica grabación de la Deustche Gramophone, realizada por la soprano Anne Sophie Von Otter, no lleva en portada ni en la carátula del disco el nombre de la compositora, sino en la contraportada y en letra menor. Otra curiosidad, no sabemos si casual o intencionada.
Francia, cuyos músicos varones tanto la habían despreciado, la honró finalmente concediéndole la Legión de Honor, convirtiéndose en la primera mujer que recibía tal galardón. Su comportamiento durante la Primera Guerra Mundial fue ejemplar. Dejó de lado su carrera musical para convertirse en enfermera en un hospital de campaña; tenía entonces cincuenta y siete años. Después de la Guerra aún siguió componiendo, pero fue espaciando poco a poco sus apariciones públicas.
En 1925 se retiró defintivamente de la escena musical y después de sufrir la amputación de un pie, fue a vivir a Montecarlo, donde vivió hasta su muerte, el 13 de agosto de 1944. Su nombre y su música se hundieron en el olvido más absoluto. Hoy en día aún no se ha recuperado su voz musical ni su personalidad de vestal del arte, mujer y artista, de méritos personales y cívicos. Parece que puede haber llegado el momento de recuperarla en la genealogía de mujeres que nos precedieron y que hoy pueden ser iconos de la liberación de las mujeres modernas.
9/13/2006
Ley y violencia patriarcal
Es rara la semana, casi podríamos decir ya el día, en que no vemos en los medios de comunicación la noticia de que una mujer, sea cual sea su edad, su clase social o su nacionalidad, ha muerto a manos de un hombre. En la mayoría de los casos se repite la situación: estaban separados, en trámites de separación o ella le había comunicado su intención de romper la relación. El hombre mata a la mujer por un extraño sentimiento de posesión o de orgullo herido, o quizás de venganza. A veces, se lleva también por delante a una o dos criaturas, incluso a sus propias criaturas. El mito de Medea, que era mito por lo excepcional, se traslada a la masculinidad últimamente. Este año además se incrementan los suicidios de los asesinos o, al menos, los intentos. La violencia machista no cesa y lleva camino de alcanzar cifras máximas. Es cierto que la sociedad, más que nunca, está afectada y preocupada, que crece la conciencia ciudadana de lo inadmisible de esta situación; uno por uno, cualquier hombre juzga muy duramente a sus congéneres maltratadotes. La mayoría de hombres y, desde luego, de mujeres, se declara abiertamente favorable a la Ley de Violencia de Género, al endurecimiento de las penas, aunque con ciertas reservas jurídicas, y a la ayuda institucional a las mujeres maltratadas. Pero sabemos que una ley no arregla un problema. Ayuda, pero no es la solución. Ayuda en cuanto que crea conciencia social por el debate que suscita; también porque propicia la protección de las víctimas, aunque las víctimas tienen justificadas quejas sobre su aplicación y sobre las actitudes de jueces y juezas. Ayuda porque en principio tendría que anular la impunidad de los maltratadotes, aunque no ocurra así en todos los casos. La violencia psicológica, que precede siempre a la física y al asesinato, y que en cualquier caso crea el mismo infierno privado que la violencia física, queda por lo general impune. Una ley es sólo una ley, un código para la interpretación de la realidad que señala como delito punible aquello que la sociedad considera así; en términos freudianos, la ley es el super ego social. Sabemos que subyacen otros niveles: la mentalidad de fondo es aún patriarcal, porque la sociedad lo es, y el patriarcado es violento por naturaleza, pues el sometimiento de media humanidad no se puede hacer sin violencia. Los cambios sociales avanzan muy lentamente, con una gran tensión entre fuerzas de resistencia y de progreso, pero avanzan, y las mujeres están viviendo esa tensión más que nunca, pagándola con sus propias vidas. No podemos negar que también ciertos hombres están viviendo trágicamente esta situación: los que se suicidan son la muestra de ello. Los intentos frustrados sin embargo pueden parecer simplemente un intento de justificación victimista. Ante todo ello, no nos quedan más que estos caminos para acabar con la violencia: un cambio radical de todas las estructuras sociales patriarcales, lo cual está muy lejos de conseguirse, puesto que no se trata sólo de la mujer, sino también de todo lo que signifique, desde el punto de vista patriarcal, marginalidad. Añadamos que el patriarcado va unido íntimamente al capitalismo y a ciertas instituciones de poder y dominación –léase iglesia o ejército– y ya vemos que un cambio a corto plazo es imposible. Sólo queda la lenta evolución. Pero será aún más lenta o se detendrá y habrá retroceso si nos sentamos a esperarla. Acelerarla un poco, ayudar a que se realice y no pueda recobrar posiciones el patriarcado, depende de que se trabaje socialmente por un cambio de mentalidad general. En este punto es donde las leyes entran en juego: medios de comunicación, instituciones, leyes específicas y leyes de educación son los puntales desde los que se pueden realizar ambiciosas campañas que aceleren la evolución hacia un mundo sin violencia machista.
5/22/2006
La violencia más antigua del mundo
Cuando se dice que el oficio más antiguo del mundo es la prostitución hay una verdad en ello; es muy antiguo, en efecto, pero no es un oficio[1]. Es tan antiguo como el sistema patriarcal, por lo tanto milenario. No es un oficio por razones obvias, pues a nadie se le ocurriría igualarlo con la alfarería o cualquier otro oficio ancestral o moderno. Para considerar el fenómeno en toda su dimensión, tendremos que buscar en sus orígenes, descubrir a qué se debe su presencia en este mundo. Ya hemos dicho que se trata de una situación en un sistema, el patriarcal. Este sistema de dominio del varón sobre la mujer divide a las mujeres en dos grupos. El grupo más numeroso de mujeres se destina a la reproducción, tanto la reproducción biológica como la perpetuación del propio sistema, mediante las tareas básicas de mantenimiento y la transmisión de sus principios, a cuyos efectos se mantiene a la mujer recluida, vigilada, alejada del espacio público y, sobre todo, ignorante y cerrada a todo pensamiento crítico. En todos los casos juega un papel sumamente importante la represión sexual de las mujeres, la medicalización y demonización de su cuerpo y de sus instintos (la mujer es una enferma crónica o es débil y su cuerpo es el origen de todo el mal), lo que da lugar a una serie de estrategias femeninas que constituyen el alimento fundamental de la misoginia. Así se acusa a las mujeres de una serie de defectos, desde el punto de vista masculino, que no son sino estrategias de supervivencia y consecuencia de la ignorancia en la que se trata de mantenerlas.
Un grupo más reducido de mujeres se destinan a la libre disposición de la comunidad masculina, por lo que se les llama “mujeres públicas”, o sea, de libre disposición. Si bien la violación y la esclavitud es el primer movimiento hacia ellas, se da un pacto sexual posterior por el cual el varón paga su placer mediante un estipendio acordado.
Como en el sistema patriarcal la mujer es una posesión del varón, que pasa del padre o equivalente al marido, las mujeres dedicadas a la prostitución no son propiedad de nadie. Son las hijas de nadie, mujeres no filiadas, aquellas sobre cuya propiedad ningún varón puede reclamar. Naturalmente, estas mujeres tienen que proceder de situaciones de desamparo masculino: esclavas, extranjeras, prisioneras de guerra y raptadas, huérfanas, extremadamente pobres y marginales, y aquellas cuyo comportamiento social no corresponda a su rol femenino reproductor, o sea, las que se rebelan, han sido violadas o han cometido cualquier acto de carácter sexual no legítimo. En cualquier caso, su situación es de humillación. Como objetos, su cuerpo es comprado y vendido, traficado. Los varones que les ofrecen protección se convierten en sus explotadores. Ellas son entes pasivos con los cuales se puede usar la violencia extrema. Aunque la violencia contra las mujeres en la sociedad patriarcal es estructural, en los cuerpos objetualizados de las prostitutas se concentra toda, por parte de los clientes prostituidores y por parte de los proxenetas que las explotan.
Pues bien, parecería que estamos hablando de tiempos antiguos, ancestrales, porque hemos buscado en los orígenes. Pero no es así, porque, con las variantes que correspondan, estos rasgos son aplicables a la situación del siglo XXI, con agravantes propios de nuestro mundo actual, como la mercantilización de toda actividad humana y la globalización, que desarraiga a las personas para una mejor explotación.
La prostitución, forma extrema de la violencia machista patriarcal, se ha convertido en los países ricos en un próspero negocio. Y no sólo para los proxenetas; también para los medios de comunicación, para ciertos industriales y para algunos sectores de la hostelería. Por otra parte, la aportación de mujeres, como siempre, se produce entre los grupos de mujeres no filiadas, las hijas, las hermanas, las esposas, de nadie.
Actualmente los datos son inciertos, pero de un modo aproximado, del casi medio millón de prostitutas que puede haber en España, un ochenta y siete por ciento serían extranjeras, africanas, sudamericanas y procedentes de países del Este. Muchas han sido engañadas por supuestas “agencias” de empleo, muchas han sido raptadas, todas sometidas a violencia y extorsión, muchas de ellas convertidas en esclavas sexuales, amenazadas por las mafias. Muchas, muchísimas, son indocumentadas, sin permiso de residencia y trabajo en España. En este turbio negocio posiblemente se está explotando también a menores de edad. El comercio sexual se ha potenciado y se supone que diariamente un millón de varones solicitan los servicios de una prostituta. Los ingresos ocultos generados son exorbitantes. Y en medio de estos intereses económicos y de toda esta miseria femenina, se abre en la sociedad el debate sobre la prostitución: la propuesta es la regulación de una actividad mercantil, como si se tratara de un sector económico cualquiera. No es casualidad. Los grandes proxenetas, asociados convenientemente, e hipócritamente cubiertos por unas cuantas expresiones falsamente normalizadoras (alterne, club, trabajadoras del sexo, control sanitario, etc.), han montado una campaña mediática en la que prometen dignidad y seguridad para las prostitutas, tranquilidad para el cliente prostituidor, impuestos para el Estado, alejamiento de los centros urbanos de la actividad, grandes beneficios en publicidad, entre otras cosas. Todo es cierto, excepto la dignidad y la seguridad para las mujeres prostituidas. Pero que sean ciertas algunas cosas no justifica la violación permanente de los derechos humanos que se produce en el comercio de la prostitución.
A esta regulación se opone un número reducido de personas que ven claramente, que en nombre de la libertad sexual –la del prostituidor, varón, con poder adquisitivo, nunca la de la mujer, aunque se diga que ellas están ahí voluntariamente– se va a perpetuar una injusticia milenaria. En España no es ilegal la actividad en sí, sino el proxenetismo. Esta parte es la que se quiere regular y consagrar socialmente. Lo que se quiere regular es el beneficio y la explotación de mujeres por los dominadores de siempre. Las mujeres son simplemente el ganado, que se puede conseguir de muchas maneras, no todas lícitas. Ellas serán las controladas, nunca el prostituidor. La seguridad no será para ellas, será para el prostituidor y el proxeneta. No se acabará con las mafias, sino que crecerán al cobijo de la ley. No terminará la violencia, se perpetuará.
Las personas abolicionistas no están en contra de la libertad sexual; están en contra de que esa libertad sea sólo privativa de los varones que pueden, a su antojo y fantasía, comprar el cuerpo de una mujer a la que convierten en objeto, aprovechando la necesidad extrema o la violencia que se ha ejercido sobre ellas. Hay una prueba contundente: ningún hombre, ningún proxeneta, querría que sus hijas, hermanas, esposas, ejercieran la prostitución. A nadie se le ocurre que la regulación suponga la consideración de oficio digno para la prostitución: no se establecen ciclos formativos ni carreras institucionales para ejercerla. Sencillamente, porque eso no tiene formación ninguna. A nadie se le puede enseñar a ser objeto.
La cuestión está en qué modelo de sociedad queremos para el futuro. ¿Queremos decirles a nuestros hijos, a los jóvenes, que la mujer es objeto de compraventa? ¿Queremos decirles a nuestras hijas que pueden venderse en la calle o en un club si tienen un apuro económico? ¿Queremos enviarles el mensaje de insolidaridad de que las hijas de otros son mercancía, pero nunca las nuestras? ¿Queremos consolidar la violencia contra las mujeres, contra las más pobres, las más precarias, las extranjeras, para que sean el chivo expiatorio de una sociedad que no ha sabido resolver el problema de la igualdad entre hombres y mujeres y la violencia consecuente?
No se trata de un problema de libertad sexual, ni de moral sexual. Se trata, simplemente de un problema de justicia, libertad y moral social.
[1] Ver artículos “¿Un trabajo cualquiera?” y “¿Por qué le llaman sexo si es poder?”, así como “Violencia contra las mujeres”, de la autora de este artículo, en http://kaolinarticulos.blogspot.com
3/27/2006
¿Por qué le llaman sexo si es poder?
Siempre que se habla de prostitución, sin detenerse demasiado en reflexionar, cualquiera cree que estamos hablando de sexo.
Por ejemplo, a las personas que estamos por la abolición de semejante práctica patriarcal se nos tacha de “estrechas”, personas llenas de complejos ante el sexo o de miedo, pacatas y moralistas. Y si a todo eso antecede la palabra feminista, pues ya tenemos el cuadro completo de rechazo. Es una “feminista abolicionista” parece ya lo peor que se puede decir de una mujer, como si en esas dos palabras se resumiera algo muy rancio y muy neurótico, y se nos pinta entonces con el sombrerito y el paraguas, como unas sufragistas victorianas desfilando contra el vicio. Y, desde luego, no es así. No hay un rechazo al sexo en el abolicionismo. Incluso diríamos que la mayoría de las abolicionistas de hoy fueron las que hicieron la revolución sexual de ayer, cuyos beneficios de libertad y desenfado disfrutan muchas mujeres que hoy se avergonzarían de decir que son feministas y se proclaman regulacionistas en el tema de la prostitución.
No hay un rechazo al sexo, repito. Hay precisamente todo lo contrario: la celebración del sexo como una actividad libre, abierta, no mediatizada por pulsiones ni por intereses, como juego o como placer, por amor o sin amor, sólo comprometida en la afectividad permanente a una persona, porque así se desea para un desarrollo personal o para la creación de un núcleo familiar. Como un elemento de crecimiento vital que sabemos ocupa toda la vida sin comprometerla.
Mientras es así, el sexo es un valor. Como forma de poder, es una enfermedad social. Es enfermizo cuando una mujer lo usa para su ascenso social. Es enfermizo cuando un hombre no es educado para un manejo social y aceptable de sus pulsiones. Parecería por las declaraciones de ciertos hombres que todos ellos lleven una fiera dentro a la cual habría que calmar con sacrificios humanos. Yo, sencillamente, no lo creo. Creo que es una construcción de su género como la sumisión lo es del género femenino. De ese imaginario masculino viene la perversa idea de que las prostitutas nos salvan a las demás mujeres del salvajismo masculino, o sea, de la violación. Con prostitución o sin ella, las violaciones son una estrategia de dominación masculina que no se evitan porque haya prostitutas para calmar a las fieras. Las fieras son sólo fantasías masculinas. De adolescentes saben muy bien cómo calmarla. No es necesario que haya unas víctimas propiciatorias, depósito de todas las bajezas, que libren a las demás de la violación.
Por otra parte, se alega la necesidad de ciertos hombres solitarios, ancianos o enfermos. Digo lo mismo que anteriormente. De adolescentes sabían lo que tenían que hacer. Bien que lo pagaron en los confesionarios. Hoy ni siquiera tienen que ir a confesarse. Y si lo que buscan en los servicios de una prostituta es afecto, amor, cercanía, están siendo víctimas de un engaño. No lo encontrarán, porque no es eso lo que una prostituta da en ningún caso, sino un cuerpo convertido en objeto que puede ser comprado por el que puede pagarlo. Lo que vende la prostituta no es afecto, pero tampoco es sexo. Lo que vende es poder. En el servicio prestado es la pasividad, la sumisión, el poder hacer sin trabas y sin respetos, lo que el hombre paga. En ello hay una humillación inconsciente –a veces bien consciente– a la mujer que se encarna en el cuerpo objeto de la mujer comprada. Es el poder máximo lo que se compra y lo que se vende.
Me decía una amiga lesbiana que ella era regulacionista, porque también había mujeres y hombres homosexuales que compraban sexo de otros hombres o mujeres, y eso le quitaba la carga patriarcal al asunto. Yo sigo diciendo que ellos y ellas hacen lo mismo que el varón que paga a una prostituta: compran poder absoluto sobre un cuerpo objeto y ejercen la ilusión de poseerlo por completo y sin trabas, lejos del respeto al otro.
3/26/2006
BURKAS Y ABLACIONES

En portada, la presidenta del Parlamento europeo, Madame Fontaine, una mujer en edad madura, discreta, elegante, sonriente, saluda a dos bultos azulados de tela. Si no estuviéramos en antecedentes, la foto resultaría absurda. Cualquiera que la viera sin estar al tanto, creería que la gran noticia de primera plana era que la dicha mandataria europea había perdido el juicio y había invitado al foro que preside a dos fantasmas. Pues no. La noticia no era esa. Era mucho más dramática, porque aquellos dos bultos eran, en realidad, dos mujeres, según nos dicen. Otros datos de identidad no los tenemos; a decir verdad, tales datos no existen. Eran dos mujeres afganas cubiertas con el terrible burka. En su país llevarlo es una obligación cuya trasgresión mínima puede costarles la vida; en Europa es una protección cuya omisión puede costarles la vida a sus familiares en Afganistán. Habían venido a Europa después de una arriesgada huída de su país para pedir ayuda, es de suponer que ayuda internacional, para quitarse de encima aquellos pesados ropones que caen sobre su humanidad ocultándola toda; también para quitársela a todas las mujeres que allí quedan y a todo el pueblo afgano. A las muertas y a los muertos ya no los puede recuperar ninguna ayuda por internacional que sea. Estas mujeres llegan aterrorizadas por el destino de sus familias a merced de locos fanáticos nada arbitrarios, sino guiados claramente por un signo fatal. También por ellas mismas: el brazo justiciero de Alá es largo e inmisericorde. Ellas son el grito patético de socorro sofocado por el miedo. No van a conseguir la ayuda que piden. Las feministas claman por ellas, porque centran su interés en la situación de esas mujeres anuladas, violadas, machacadas. Pero ellas son un síntoma más, el más candente. Los hombres también están padeciendo el terror, porque no hay nada que afecte a la mujer que no sufra también el hombre de diferentes modos. También ellos son anulados, violados y machacados en el gran mortero de Alá inmisericorde. Los talibanes, sin embargo, separan cuidadosamente, la pulpa sanguinolenta masculina de la femenina para evitar el pecado en su ofrenda. Y no recibirán la ayuda que piden ni unos ni otras. No hay intereses en la zona, o los hay de un cariz diferente a los que movieron otras intervenciones militares del llamado “mundo civilizado”. Lo más a que pueden aspirar es a un poco de ayuda humanitaria, migajas limosneras, dificultada o incluso robada por sus propios verdugos.
Pues también en la prensa nos encontramos otra estela de humillaciones y agresiones. Los africanos que vienen a España no dejan en el Continente misterioso sus prácticas ancestrales con las mujeres. Médicos aragoneses han dado la voz de alarma: en España se practican ablaciones de clítoris, infibulaciones y otras mutilaciones genitales a niñas de corta edad. Han tenido la valentía de denunciarlo y de intervenir judicialmente para evitarlo. Se han encontrado con hechos consumados en muchos casos. Algunos de ellos se han producido en viajes de vacaciones al país de origen; otros sin mediar viaje, lo que demuestra que se han llevado a cabo aquí mismo. Nos podemos imaginar el estado de ánimo de estos pediatras, su sentimiento ante un cuerpo infantil mutilado salvajemente. Los padres alegan que es costumbre cultural. ¿Cultural? Cultural es la música, vamos. Esto es simplemente salvajismo. Y aún más, cualquier costumbre, por “cultural” que sea, que atente contra los derechos fundamentales de la humanidad debe ser atajada con la mayor energía. Sin consideraciones. Nuestros profesionales de la sanidad, de la educación y de la política deben entrar sin miedo en este terreno de defensa de los derechos primeros de todo ser humano. Se nos están planteando los primeros problemas de la multiculturalidad; otros países ya los han tenido y han pasado el análisis de las soluciones, hasta dónde se puede ceder y qué es inadmisible.
Nosotros acabamos de empezar. Las personas inmigrantes vienen a nuestra tierra buscando una vida más digna; nuestros políticos les imponen unas duras condiciones, lo que hace su vida más indigna aún aunque ganen el salario de la ilegalidad. Siguen en la clandestinidad con sus prácticas ancestrales: es nuestro deber impedirlo, desde luego, pero su integración y el abandono de prácticas contra los derechos humanos pasan necesariamente por concederles a nuestra vez sus derechos fundamentales. En los casos concretos, cuando se descubra el hecho o la intención de mutilar a una niña, debe procederse con la mayor contundencia, pero está claro que a largo plazo lo que lo evitaría por completo sería que estas personas tuvieran en nuestro país una vida verdaderamente digna, condiciones de vida humanas, educación, sanidad y atención a su integración dentro del respeto a lo que de verdad constituye su cultura.
Tampoco en este caso recibirán ayuda. Los intereses de este llamado “mundo civilizado” van por otros derroteros. A lo más a que pueden aspirar actualmente las niñas africanas es a la mirada indignada del pediatra, con un poco de suerte a que se consiga evitar en su caso que se lleve a cabo la mutilación. O sea, un poco de ayuda humanitaria puntual. Que en este caso y por el momento, no es poco.
Este artículo apareció en Escuela Hoy, revista sindical del STERM, en mayo de 2001, a propósito de los sucesos que se desarrollaban en Afganistán en aquellos días y de los primeros casos de mutilaciones genitales de niñas africanas descubiertas en nuestro país. Desde entonces, nada ha mejorado ni para las mujeres afganas ni para las niñas africanas.
3/17/2006
La señora Mernissi en la FronteraMi amiga Aixa Bulaich me enseñó quién era Fatema Mernissi. Yo andaba cruzando la frontera. La pasaba con un pasaporte ceutí en la mano casi todos los días. Y la pasaba también sin pasaporte, de la mano de Aixa y de otras personas que ocasionalmente me guiaban por las muchas fronteras entre su mundo y el mío.
No fue casual que fuera ella quien me descubriera a la señora Mernissi -que no hay casualidad, sino destino, o como queramos llamar a las felices coincidencias, es lo primero que aprendí en la frontera- y no lo fue porque Aixina, como su propio nombre familiar indica, era también un ser fronterizo, la persona perfecta para guiarme hacia la gran Frontera de la señora Mernissi.
Un día fuimos a Tánger, ella me guió a la librería de las Columnas y allí me hice con un tesoro: un libro llamado “Sultanas olvidadas”. Más hermoso aún, más tesoro, porque no estaba en español, sino en francés. No es un enorme trabajo para mí leer en francés, pero el hecho de extender sobre el texto el velo de una lengua que, aunque bien conocida y querida, no es la propia, añadía el sentimiento de tener un tesoro misterioso ante los ojos. Y aquí tienen ustedes a una española, leyendo en francés a una marroquí, rodeada de personas que hablaban español, árabe, hindi e inglés, e incluso berebere del Norte, en una ciudad minúscula, hermosa y dura, cuyo contorno es una pura frontera: fronteras humanas y fronteras de la naturaleza. Leyendo a una marroquí fronteriza, como mi querida Aixina. Fueron unas horas mágicas y, en este caso, no es una palabra vana: si algo tiene la escritura de la señora Mernissi, y tiene mucho, es precisamente magia. Lo que muchas mujeres marroquíes hacen con fórmulas y procedimientos de fascinación popular, lo hace ella con la palabra, en lo cual tiene nobles antecedentes; la princesa persa que salvó su vida y la de otras muchas mujeres, no usó la magia amorosa para ello, sino simplemente la palabra. Así que, buena heredera de aquella princesa, la señora Mernissi me embrujó, me fascinó con su palabra. Pasados los mágicos efectos, de los cuales hay primero que disfrutar libremente, vino la reflexión sobre aquello que me decía tras las historias de mujeres bellas y poderosas del mundo islámico. Lo que ella quería demostrar, creo haberlo entendido bien, era que en el Islam, a pesar de la prohibición de que una mujer sea califa y, por tanto, que sea mandataria o gobernanta, se había burlado la norma en múltiples ocasiones. Bien, la vida es la vida, las necesidades aprietan y las ocasiones históricas están muchas veces por encima de vetos y fronteras. La comparación con el mundo occidental de las mismas épocas históricas no estaba explícita, pero cuando quien lee es un ser a punto de pasar fronteras, la comparación siempre subyace al texto. Le iba diciendo yo en mi interior, mientras la leía, que Occidente no se distanciaba mucho de esto mismo. No había en tiempos una prohibición en nuestro mundo, pero la situación era parecida y nosotras también podíamos rescatar reinas y dignatarias de la historia occidental, que también habían accedido al poder por circunstancias o necesidades o que habían influido en política a través de los hombres que las amaban. Ciertamente, apartar a la mujer al espacio privado, al harén, no era una norma exclusiva del mundo oriental. Digamos que en Oriente fue un hecho explícito y mucho más severo y en Occidente fue algo tácito y aceptado sin darle publicidad, pero con muy parecidas consecuencias. Y aún hoy, pese a las cuotas y a la pretendida paridad, que ocasionalmente se respeta en política, existe para muchos espacios públicos lo que las analistas han denominado “el techo de cristal”.
La otra parte que, en “Sultanas olvidadas”, era objeto de reflexión para mí era la siguiente: en un mundo en el que las opiniones y las ideas, incluidos los prejuicios y las falsedades, son de las pocas cosas en las que no hay fronteras, la señora Mernissi quería lograr dos objetivos, cada uno a un lado de la gran Frontera: para este lado, deshacer la idea monolítica de un Islam oriental de puro harén y prohibición; para el otro lado, otorgar confianza y seguridad en sí mismas y en su pasado a las mujeres de países musulmanes y orientales que en este siglo y en el anterior se incorporan, por otra parte, como nosotras, a la lucha por la igualdad, la autonomía personal, la ocupación del espacio público y la educación.
No otro sentido hallé a los sucesivos libros de la señora Mernissi que fui incorporando a mi biblioteca de pequeños tesoros. Todo cuanto leía me confirmaba en los tres principios: la señora Mernissi como poseedora de la palabra fascinante, la señora Mernissi como frontera entre dos mundos –recordando que las fronteras están para franquearlas y pasarlas, y que la peor es la que se lleva impresa en la mente-, la señora Mernissi ayudando a las mujeres magrebíes –árabes en general- a reconsiderar su situación, a tomar el poder, como ya lo tuvieron en algunas ocasiones, a no aminorarse ante Occidente, porque Occidente tuvo también su harén, y aún lo tiene, aunque a su modo particular. Así leí con sumo gusto “Marruecos a través de sus mujeres”, que no hacía sino deshacer la idea de la Mujer en el Islam, idea que expreso con mayúsculas porque con mayúsculas se destaca lo falsamente mítico, como si en el mundo árabe e islámico la mujer tuviera un único modelo, un patrón fijo, primer engaño de cualquier patriarcado. A propósito del harén, de la fantasía orientalista occidental, el libro “El harén en Occidente”, incidiendo en las ideas ya expuestas, escrito desde una perspectiva de mujer, íntima, personal, es una verdadera delicia. Hay un tono en ciertos libros que nos invita a soñar con que alguna vez la voz femenina en la escritura dejará de valerse del patrón masculino. La señora Mernissi es de esas voces precursoras. Cuando Virginia Woolf escribía que la mujer debía encontrar sus frases, sus construcciones, creo que no se refería tanto a la gramática y su uso, aunque también seguramente, como al tono y a la expresión que la mujer debería encontrar en su camino hacia la creación propia, lejos de las imposiciones culturales del patriarcado. La costumbre de traspasar fronteras ha dado a Fatema Mernissi esa libertad personal para encontrar sus propios recursos. Y si se quiere saber dónde está la primera frontera vivida por la escritora, leer “Sueños en el umbral” es imprescindible. Allí, además de un encantadora novela autobiográfica, en la que entraremos en lugares prohibidos, encontraremos las razones y los orígenes de todos los pasos fronterizos: entre la niñez y la adolescencia, entre la independencia y la colonización, entre la desunión y la conciencia de pueblo, entre lo árabe y lo occidental, entre hombres y mujeres, allí y aquí, entonces y ahora. No han cambiado las cosas tanto.
A todo esto, yo no había visto nunca el rostro de Fatema Mernissi. Cuando obtuvo el premio Príncipe de Asturias tuve, como cualquier persona en este país, esa oportunidad. Es un rostro hermosísimo, lleno de vida, abierto, expansivo. Un verdadero pasaporte personal para pasar alegremente toda frontera.
3/15/2006
Los Think y los Tank
Fuensanta Muñoz Clares
De pronto, no se sabe por qué conjunción astral o tal vez debido a misteriosas fuerzas o intereses, empieza la gente a encontrarse en los medios de comunicación una expresión, una locución, muy repetida, traída y llevada. Su significado se intuye vagamente. En esa vaguedad intuitiva queda flotando la expresión, a no ser que la semilla caiga en una mente obsesiva. Un cierto grado de obsesión debe formar parte del análisis crítico. Asegura que esas expresiones, a veces islotes emergentes de tierras sumergidas, no se vayan a perder en la nada etérea, sino que pasen a ser indagadas y situadas en su verdadero contexto.
Así, algunos ciudadanos y ciudadanas de este país hemos leído últimamente varias veces una expresión anglosajona que antes no conocíamos: THINK-TANK. Leemos también que el gobierno formado por Bush en EEUU cuenta con miembros de prestigiosos "think-tank". Aquí empiezan nuestras suspicacias. Como sabemos de qué color se le pone la mano a Bush de tanto firmar ejecuciones, y qué idea tiene de la política exterior, y también de las políticas interiores, ya vamos pensando que esto del "think-tank", aunque suene a juego infantil, a campanillas o a juego de palabras de la Alicia de Carrol, no puede ser nada bueno.
Luego nos enteramos de que el Círculo de Empresarios, tan celebrado últimamente en los medios por sus ideas acerca de la natalidad y las contribuciones económicas de las trabajadoras, además de por otras perlas negras que casi han pasado desapercibidas, dado lo llamativo de esa declaración que acaparó la atención general, es también un "think-tank".
Quien tenga unas nociones de inglés y sea algo obsesivo, en vez de quedarse en la vaguedad de una definición primera (depósito de ideas o algo parecido), busca más información en un buen diccionario, en el cual encuentra dos acepciones de la palabra TANK:
1. "A large container for holding liquid or gas"
2. "A military vehicle covered with armour and equipped whith wheapons which moves along an metal tracks fitted over the wheels"
Esto va bien, o sea, mal. Bien para unos pocos, mal para el inmenso resto. Aparece en la primera acepción la palabras "liquid" o "gas". Aparece la milicia en la segunda acepción. Según ella, un "tank" es un tanque en nuestra lengua. Todos sabemos lo que son los tanques y para qué sirven: los vimos en Checoslovaquia, en la plaza china de Tiannamen, en nuestras calles en el 23-F, y recordamos que cierto político, hoy respetable presidente de una comunidad autónoma, amenazaba frecuentemente con sacarlos a la calle. Sabemos a quién y para qué sirven: arrollan, chafan, destruyen, aterrorizan. Respecto a los líquidos o los gases, pueden ser cosas buenas o malas, según de qué estén hechos y según para qué se usen. Para calentar nuestros alimentos o para gasear gentes inocentes. Para beber o para contaminar. Pero mucho nos tememos que en este caso, unido a "think" y viniendo de quien viene, tengamos que inclinarnos por las opciones menos tranquilizadoras.
Unida esta palabra, bien como gas o líquido, bien como arma destructora, a "think", arroja un resultado inquietante. El pensamiento, la más alta cualidad humana, se une a la destrucción. "Tanque de pensamiento", un tanque formado por ideas para arrollar, chafar, destruir, aterrorizar. O bien, un montón de ideas pestilentes y letales, en forma líquida o gaseosa, contenidas y comprimidas en un enorme tanque. De esto último puede resultar o bien una terrible explosión (sería el totalitarismo mercantilista ultraliberal, con sus antecedentes y secuelas de miseria humana), o una insidiosa espita que va dejando escapar el "gas de las ideas" poco a poco, con mesura, sin anuncios ni declaraciones previas, sin alarmar a las víctimas, aunque el resultado final sería el mismo: el totalitarismo mercantilista ultraliberal. Ellos le llaman globalización. Parece más exacto llamarle totalitarismo. Eso es, a eso tiende.
Pero todo esto son elucubraciones. Quizás la obsesión, saludable para la crítica, se convierte sin advertirlo en paranoia. Lo mejor sería dejar a un lado este agorero discurso y seguir con la investigación.
El mismo diccionario de inglés, como buen diccionario, también contempla en sus entradas las palabras compuestas y las locuciones. Aparece, por tanto, la expresión completa "think-tank" con su sentido nuevo y figurado: "A group of experts who are gathered together by a organization, especially by a governement, in order to consider various problems and try and work out to solve them". Con esto se deshace la ingenuidad primera que podría tener alguien en que parecería que un "think-tank" es algo así como un club privado de golf intelectual sin demasiado peso, que los asociados pensaban para entretenerse, como en una divertida lluvia de ideas a ver qué pasa y qué sale. Ahora, sin embargo, empezamos a hilar. Aquí los paisanos y paisanas creíamos que las maravillosas ideas políticas y sociales de nuestro gobierno eran propias, que emanaban y pasaban a la práctica desde esos cráneos privilegiados a los que tantísimos españoles votaron en su momento. Pues no es así. Los cráneos privilegiados, la materia gris, está en ese club de golfistas intelectuales. Los señores del gobierno son los simples ejecutores de las jugadas que planean los del Círculo de Empresarios, el "think-tank" español. Esta última expresión, "think-tank" español, parece un oxymoron fatal: la alianza de las tendencias ultraliberales y globalizadoras con la casposidad y espesura carpetovetónica. Los resultados, a medio y largo plazo, siniestros. Dicen algunos eruditos que Calderón de la Barca perteneció a un grupo de teólogos e intelectuales que apoyaban y proporcionaban ideas a la política de Felipe IV. También los resultados fueron siniestros, y dicha siniestralidad está reflejada claramente en los dramas y autos sacramentales del tantas veces ideológicamente perdonado autor.
Aparte el inciso literario último, todo esto viene a confirmarlo un esclarecedor artículo, publicado en un periódico nacional, por uno de los socios fundadores del dicho Círculo, un señor con un nombre tan largo -lujos genealógicos de la aristocracia mercantil- que se puede caer en el error de pensar que son dos los firmantes. Además, cualquiera de cierta edad o preocupado por la historia de este país nuestro, cuando lea uno de los apellidos le encontrará resonancias franquistas. López de Letona. ¿Les suena?
Con la intención de defenderse y excusarse de aquel gas o líquido maloliente que se les escapó sin querer y antes de tiempo (demasiado modernos para este país anticuado), según ellos, y que afectaba a la política de natalidad y a los derechos de las mujeres trabajadoras, dando explicaciones lo pone aún peor. Como ya dijo don Quijote, estas cosas escatológicas mejor no menearlas. En el artículo, seguramente con cinismo, no con la inocencia del cínico, y desde luego, sin ninguna inocencia a secas, declara responsable - algunos diríamos culpable- al Círculo de Empresarios de los siguientes bienes y mejoras sociales para nuestro pueblo: el desmantelamiento al baratillo del sector público, las privatizaciones del patrimonio industrial, quizás también cultural y educativo, de todos los españoles, el desastre del mercado laboral, rozando ya en la empresa privada los límites de la esclavitud, la neutralización de los Sindicatos, y, finalmente, la voladura programada del Estado del Bienestar.
Todo esto tiene mucho de "think" convertido en "tank". Es decir, sacando conclusiones, que el Círculo diseña los planos y el Gobierno construye la máquina destructiva. El Círculo de Empresarios almacena y el Gobierno de la Nación va soltando la espita. "Ustedes planifiquen y piensen, que nosotros, previo globo sonda o a la chita callando, haremos realidad sus magníficas ideas". Y cada día somos más pobres, cada días somos más precarios, incluso intelectualmente. Nos atropellan, nos arrollan, nos chafan, y no nos aterrorizan porque lo hacen con mesura, poco a poco, sin alarmar a las víctimas. Los tanques, sin embargo, están en reserva, por si acaso.
Mientras tanto, Javier Tussell, eminente historiador y politólogo, denuncia públicamente esta generación continua de "buenas ideas", perlas insuperables cuyo conocimiento tenemos que agradecerle, pero no relaciona una cosa con la otra. Es decir, no relaciona los "think" con los "tank", los que generan las ideas con los que las llevan a la práctica cotidiana, y valora positivamente a miembros de ese gobierno que parecen obtener su mejor plan político de los cachorros del viejo régimen.
Los ciudadanos y ciudadanas ignoran lo que se les viene encima, aunque noten los efectos como una pequeña enfermedad molesta, sin verdadera conciencia del mal que se desarrolla a sus espaldas. No lo notarán en toda su crudeza hasta que todo esté hecho, todo consumado. ¿Tenía mistress Thatcher un tink-tank detrás de sus actuaciones políticas? Posiblemente sí. Los ingleses aún se están reconstruyendo después de aquel período político y posiblemente no lo conseguirán del todo, ni tal vez aproximadamente.
Así puede ser que en las próximas elecciones los ciudadanos y ciudadanas de este país, si todavía para entonces pueden ser llamados así, vuelvan a votar a los think y a los tanks, porque la espita está bien regulada, y si lo creen oportuno están en su derecho. Y cuando algún deslenguado se vaya de entusiasmo y proponga lo ya insoportable, hasta queden bien con sus declaraciones contradiciendo lo dicho, tanto unos como otros.
No faltará, sin embargo, gente obsesiva que se ponga al análisis de todo, deteniéndose quizás en el peligroso borde de la paranoia. Amargos y doloridos, mirando las víctimas ya caídas en torno, recordamos que nunca hubo quien escuchara los augurios de los obsesivos. Siguen siendo los mismos los que analizan. Siguen siendo los mismos los que no escuchan. Siguen siendo los mismos los que pagan los desaguisados. Y ellos, los "think-tank", también siguen siendo los mismos.
3/11/2006
http://www.filosofia.net/materiales/ensa/ensa34.htm
Lisístrata y los empresarios
Fuensanta Muñoz Clares
En "Lisístrata" de Aristófanes, cuando los hombres quieren entrar en guerra, las mujeres, conducidas por la protagonista de la comedia, se retiran de la ciudad, a un templo inaccesible para sus compañeros en la que parece ser la primera y última huelga doméstica de la Historia, que, bien mirado, ni siquiera se sitúa en la Historia, sino en el mundo de la ficción cómica. No obstante su carácter ficticio, podemos seguir su argumento como si no lo fuera; a saber de las historias de la Historia cuántas serán ficticias, y de las historias de ficción cuántas no contendrán más realidad que las que tenemos por reales.
Así que volvamos a lo que íbamos con la decidida líder de las mujeres de Aristófanes. Bien, las mujeres se retiran y los hombres, sencillamente, no se lo creen del todo. Luego lo toman a risa. Intentan la persuasión, el chantaje afectivo, la amenaza, todos los recursos del que ve perderse su poder y no desea ceder en absoluto. No consiguen que sus mujeres vuelvan, porque esta vez ellas se han pertrechado de firmeza y de argumentos. Tienen con ellas la razón. Finalmente, los varones tienen que dialogar y ceder a lo razonable de las exigencias femeninas. Como desarrollo de un conflicto entre varones y mujeres, de un enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, es ejemplar. Ya sabemos quiénes eran los griegos, aparte ciertas prácticas y leyes sociales y políticas que habrá que disculpar pensando en la mentalidad de la época y en que difícilmente podríamos juzgarlos con nuestros presupuestos.
No quiero centrarme, sin embargo, en ese diálogo final en el que todo se resuelve, sino en la causa principal por la que los hombres deciden dialogar con las mujeres, que no es otra sino que las necesitan. Comprenden que ellos no son nada ni nadie sin ellas.
Esta necesidad no es de tipo sentimental. Aristófanes tampoco la funda en el abandono de lo doméstico, como la limpieza, el fuego, el agua, la elaboración de alimentos... No. Aristófanes, por vía de la comicidad de unos hombres inflamados sin posibilidad de satisfacción, señala, entre cínico y divertido, que es el sexo la falta que acucia a los varones y les empuja a negociar con las mujeres. El autor griego indica un arma, ampliamente utilizada por las mujeres en tiempos, pero que hoy en día ninguna mujer con sentido ético utilizaría para una negociación de poderes y decisiones; antes bien, tal arma es apartada con repugnancia de la vida pública y privada. La negociación no cae en territorios de la necesidad inmediata, sino que debe encontrar y encuentra su ámbito en otros escenarios y es forzada, cuando no hay voluntad por la otra parte, por otro tipo de presiones.
Pero en el mundo antiguo, sexualidad era equivalente a reproducción. Así que lo que Lisístrata y sus compañeras estaban negando a sus hombres no era sólo la satisfacción del deseo sexual inmediato, sino la posibilidad de reproducirse. Y más aún, el cuidado de la prole, pues las mujeres no se habían retirado con sus criaturas en brazos, sino que, muy astutamente, aunque a su pesar, las habían dejado a los hombres. Sin ellas, comprenden los hombres, no hay reemplazo. Ellos solos se acaban en sí mismos. Ellas también, pero deciden jugársela esta vez. Por eso, después de utilizar todas las armas pacíficas y violentas, siempre limitadas a lo verbal, pues se trata de una comedia, los varones negocian y ceden.
Dirá quien esto lea que a qué cuento viene Lisístrata a estas alturas de Humanidad, en el mundo occidental, con el feminismo, la liberación de la mujer, la disociación de sexualidad y reproducción, la incorporación de las mujeres al mercado laboral y a la vida pública, y tantas otras joyas sociales y políticas que las mujeres hemos conquistados unas veces, y otras se nos ha regalado obsequiosamente con una sonrisa de galantería y sin saber muy bien a quién convenía. Para ser bien pensadas, consideraremos que esas segundas ocasiones eran pactos tácitos y nada más. Pues sí viene a cuento, viene muy a cuento precisamente en el día, señoras y señores, treinta del penúltimo mes del año dos mil, en que un Círculo de Empresarios se retrata en su verdadero ser, aunque tal vez envalentonados por un gobierno que se podría poner algo más allá de una derecha europea a medio civilizar, por más que se enmascare de centro y pretenda mantener un discurso sibilino que contiene rasgos de modernidad y consentimiento con las cuestiones sociales, entre ellas el feminismo. Bien sabemos que el discurso no es, precisamente, progresista, pero al menos lo maquillan o intentan hacerlo. Lo malo es que todos sus seguidores y beneficiarios o no tienen la misma competencia lingüística o no han entendido la consigna, y de vez en cuando se retratan sin arreglar o les explota en la boca lo que llevan dentro sin poder remediarlo. Según ellos, no ha sido para tanto, o era un globo sonda, que ya somos mayores para que nos entretengan con globitos, o no se quiso decir lo que se dijo, sino que, ahora sí, se intercala el discurso maquillado.
Así hoy a este Círculo de Empresarios les ha salido del alma que las trabajadoras se paguen ellas mismas con el sudor de su frente sus embarazos, partos y bajas maternales. Pensarán ellos que esto de que la masa trabajadora se reproduzca es un asunto feo, costoso y, en cualquier caso, privado, por lo que, si no tienen por qué pagarle a sus trabajadores unas entradas para el cine, tampoco tienen por qué pagarles a sus trabajadoras el para ellos dudoso placer de traer niños y niñas como ellas y sus hombres a este mundo, el cual sería un edén si sólo hubiera empresarios, mujeres de empresarios y niños y niñas de empresarios.
Las alternativas que este Círculo empresarial deja a las mujeres de este país, las cuales en gran mayoría no son mujeres de empresarios, sino trabajadoras de empresarios, son pocas. La primera, la que ellos proponen, o sea, que cualquier mujer con el atrevimiento de lanzarse al mundo laboral vaya con un seguro de embarazo a todo riesgo, como si fuera un peligro público, para no producir daños a terceros, es decir, a los terceros que son los pobres empresarios, que ya tienen bastante con sobrellevar los contratos basura, los despidos de saldo, los irrisorios gastos sociales, sus especulaciones y sus inocentes trampas legales, basadas siempre en el fantasma del paro y del despido.
La segunda alternativa, que posiblemente tampoco estaría mal para ellos, sería que todas las mujeres en edad fértil se retiraran del mercado laboral. Si alguna vez volvieran, una vez salvaguardados los sacrosantos bolsillos empresariales, y habiendo cumplido con su obligación "natural", constituirían una clase trabajadora de segunda, sin pretensiones, sin experiencia y sin costosas jubilaciones.
La tercera alternativa es Lisístrata. En parte, las mujeres jóvenes de este país son cada vez más parecidas a Lisístrata y a sus compañeras de reivindicación, sólo que esta vez, estando disociada sexualidad y reproducción, no tienen por qué privarse ni privar a sus compañeros en las penas laborales, de la satisfacción del deseo sexual, lo cual es también un alivio para los empresarios, porque esto quita mucha tensión en los lugares de trabajo. Pero de hijos, poco o casi nada: medio para cada una. Más justos que Salomón. Lo que aquel rey no consiguió lo está consiguiendo la clase empresarial de este país. Y más difícil todavía, antes de poner en práctica lo del seguro de embarazo para trabajadoras. Es fruto de una sabia combinación entre economía moderna y protección social subdesarrollada. El de nuestro país es un modelo fascinante que no ha sido todavía bien valorado en el extranjero.
Ahora bien, ¿servirá esto de Lisístrata para forzar a una nueva negociación con los varones? Mucho podemos temernos que no, porque la negociación no sería con nuestros iguales a los que amenazaríamos con no reproducirse, sino con el Círculo de Empresarios, los cuales se pueden reproducir cuanto quieran por razones obvias. Para las masas que necesitan en sus fábricas y en sus oficinas, posiblemente estén pensando en gente de fuera, mucho más dócil, más barata, sin pretensiones, sin derechos o con muchos menos derechos, con mujeres llenas de ignorancia y virtudes domésticas que no necesiten baja por maternidad.
Y volvemos a empezar. Pero ya no tendremos, posiblemente, a Lisístrata.
3/09/2006
Las hermanas
Este es el texto básico de una charla para jóvenes de Secundaria con motivo de la conmemoración del 8 de marzo. Se impartirá el día 9 de marzo en el IES Ingeniero de la Cierva de Murcia. Si es posible irá ilustrado con imágenes y ejemplos musicales.
LAS HERMANAS
Quisiera ser amable, no dar la idea de un resentimiento secular que se encarna en mí y puede amargarme la vida y la de los demás. Quiero ser amable y no pensar en el pasado, simplemente para que no tenga nadie una mala impresión de mi persona y, también, para que el pasado no sea un lastre en mi labor creativa. Vuelvo a insistir, quiero ser suave, tierna, conciliadora, como me han enseñado que deben ser las mujeres.
Pero, sinceramente, no puedo serlo cuando pienso en la cantidad de mujeres apartadas, condenadas, sometidas a toda clase de violencia, tratadas como esa especie diferente que sólo sirvió a los hombres para su reproducción. Así que no me voy a cortar nada y voy a ser tremendamente antipática. Para ello contaré algo muy desagradable.
La sociedad patriarcal, que todavía domina nuestra sociedad occidental, y, por supuesto, todas las no occidentales con mayor y más cruel virulencia, ha considerado a las mujeres meros vehículos reproductivos, de los varones y del propio sistema. Las mujeres, como es sabido, se dividían –se dividen aún– en reproductivas y recreativas. Las reproductivas eran encerradas y vigiladas para la transmisión de los genes del varón; las recreativas eran estigmatizadas y apartadas. En ambos casos había algo que se negaba a ambos grupos: la educación y la cultura. Excepciones, claro que las hubo: las hetairas griegas, grandes damas de la política, mujeres antiguas y modernas que escaparon a la imposición masculina por circunstancias diversas. La mujer tenía claramente su papel marcado y la que osaba salir de él era duramente castigada. Los hombres se arrogaban el principio de la creación y la cultura; ellos eran la cultura, simplemente. Las mujeres eran la naturaleza y como naturaleza su creación era inconsciente, limitada al mantenimiento de la vida. Los hombres ocupaban el espacio público, las mujeres el privado. Sin fisuras, sin quiebras. Ambos mundos, absolutamente separados en sus intereses y ocupaciones. En esa construcción social una mujer no podía, no debía, no podía querer dedicarse a una labor creativa, fuera del tipo que fuera. Le estaba prohibido, parecía un absoluto absurdo que tan siquiera lo intentara, se las denigraba y ridiculizaba, y eran motivo de escándalo o befa porque contravenían todo el orden creado por el varón. No obstante, hubo mujeres creadoras en todos los tiempos, con más o menos fortuna, con más o menos sufrimiento y lucha. Podemos recordar a Safo de Lesbos en la Antigüedad o a Christine de Pizan en la Edad Media, ellas entre otras muchas que fueron ocultadas y convertidas en leyenda más o menos deformada por la cultura masculina.
Pero ocurría algo extraordinario: todas aquellas mujeres eran hijas, madres, esposas, hermanas, de hombres de valor. Muchos de estos hombres quisieron para ellas una educación diferente a la común de su época. Tener una cultura va bien para una buena madre y esposa, pero sólo hasta ahí, ni un paso más. Nunca la mujer ha sido una verdadera hermana para el hombre; nunca ningún hombre ha reconocido su mismo talento en una hermana suya. Ni en una hija, ni en una madre. Ni hablar de las esposas.
A propósito de esto, puedo leer un poema, cercano a la prosa, en el que reflejo este asunto del que nos ocupamos:
TULIA
Él era un hombre muy ocupado. Dictaba a la vez a varios secretarios,
e incluso uno, griego e ingenioso, había inventado una extraña escritura
para tomar veloz, sin detenerlo, los brillantes discursos de su amo.
Era un hombre importante y admirado.
Él, a veces, emprendía largos viajes a provincias remotas, por razones de estado o de sabiduría.
Era un hombre poderoso y sensible.
Él había sufrido el exilio y había dejado atrás su casa y su amplia familia. Por poco tiempo, desde luego. Ante el poder hablaba claro y fuerte, sin olvidar jamás aquello en que creía. Siempre fue un republicano convencido. Su amor a la verdad y a la justicia eran ya parte de las frases hechas.
Era un hombre honrado y coherente.
También era un buen padre de familia. En su única hija, la inteligente, la prudente Tulia, empleó su saber, su poder, su coherencia. La educó como a tal padre tocaba.
A veces la miraba con tristeza,
a esa muchacha alta, silenciosa,
de ojos claros y grandes,
que todo lo entendía sin esfuerzo.
A veces la miraba y pensaba
cuánta mala fortuna, nacer
con esa mente y ser mujer.
Sólo le consolaba que sería
una excelente madre para la República.
Madre de hombres, ocupados, importantes,
poderosos, sensibles, coherentes.
Cuando estaba de viaje por remotas provincias, por poder, sensibilidad o coherencia, siempre escribía a Tulia, su hijita bienamada, largas y tiernas cartas. Cartas familiares.
Tulia las recibía, las leía mil veces, las besaba, las guardaba cuidadosamente, y siempre contestaba a su padre lejano y bienamado.
Conservamos todas las cartas que Marco escribió a Tulia.
Ni una sola de aquellas que Tulia escribió a Marco.
Marco Tulio Cicerón fue un importante jurista, político, orador y filósofo romano. Tuvo una única hija, Tulia, con la que mantuvo toda su vida una fluida correspondencia cuando estaba lejos de Roma. Se sabe que la educó muy bien y por encima de lo habitual para las mujeres en su época. Pero de todas las cartas que se intercambiaron, sólo conservamos las de él, porque ella las guardó. ¿Qué hizo Marco con las cartas de su hija, de la que se decía que escribía tan bien como su padre?
Esto lo pongo de ejemplo para ilustrar lo que venimos diciendo respecto al valor atribuido a las creaciones de las mujeres. Ninguno.
Con el tiempo, las mujeres, las más atrevidas, se pusieron a escribir. Al fin y al cabo, para ello sólo es necesario tener un poco de papel, una pluma y un poco de tiempo. Publicar, darlo a conocer, naturalmente, era otra cosa. Para eso hacía, y hace, falta una estructura social y económica que sostuviera la creación. Y además, tiempo libre de cargas familiares. Para ello, utilizaron una institución que se distinguía por su misoginia: la Iglesia. Muchas mujeres escritoras se refugiaron en conventos para su creación. Se exponían a una dura persecución si sobrepasaban los límites y aprendieron a caminar sobre la cuerda floja. Tenemos el ejemplo de Juana Inés de la Cruz, cuyas décimas de reproche a los hombres son de una sensatez, sentimiento y belleza increíbles. Tuvo que jurar en su momento que no escribiría más; a ello la obligaron sus superiores. Tenemos a Teresa de Ávila, cuya santidad no le impidió ser una magnífica escritora, y que también anduvo en los papeles inquisitoriales. En la vida secular, ya en el siglo XVII, tenemos a María de Zayas, seguidora de Lope y escritora, si no brillante, sí muy digna y divertida. Seguramente olvido a muchas, a otras no las conozco, se me han ocultado, pero a mayor olvido las ha sometido la historia. Iremos recuperándolas una a una las mujeres que ahora queremos saber quiénes fueron nuestras madres, de quienes somos las herederas.
En el siglo XIX empiezan a aparecer escritoras con más frecuencia. Recordemos a Jane Austen, que escribía en el salón familiar repleto de gente y ruido, y a partir de cuyo ejemplo Virginia Wolf reclama una habitación propia para las mujeres escritoras. Algunas tuvieron a bien, para librarse de los prejuicios de la época, tomar seudónimo masculino, como Aurora Dupin–Georges Sand o Cecila Bölh de Faber–Fernán Caballero. Otras, sin tanta precaución de nombres y seudónimos, como Emilia Pardo Bazán.
En el siglo XX nace la que todas las mujeres escritoras que se precien y luchen por su tarea reconocemos como la madre, la progenitora literaria por excelencia: Virginia Wolf. En el libro “Una habitación propia”, entre otras muchas cosas interesantes que habrían de cambiar la postura femenina ante la creación literaria y daría seguridad en sí mismas a las futuras escritoras, trae un asunto que enlazamos con el principio de este artículo: la hermana de Shakespeare, una hipotética hermana del genio que quizás podría haber tenido el mismo talento, mayor o menor incluso, pero talento al fin, y que por el hecho de ser mujer no hubiera podido desarrollarlo, incluso con la posibilidad de que su talento la hubiera llevado a la irremediable desdicha.
No dejo de pensar en las mujeres afganas, cuando leo estas cosas: dentro de su sociedad trabajaban y eran personas hasta que dejaron de serlo. Incluso Meena, una poetisa de la asociación de mujeres Rawa, asesinada por los talibanes; le prohibieron escribir, cantar, trabajar, salir de su casa, ir a cara descubierta y, en definitiva, ser persona. Tenemos que recordar que nosotros también hemos tenido talibanes. Este es un poema de Meena que leo como homenaje a todas las mujeres sacrificadas por su lucha:
NUNCA VOLVERÉ
Soy la mujer que ha despertado.
Me he levantado y convertido en tempestad entre las cenizas de mis criaturas abrasadas.
Mis ruinosas y quemadas aldeas me llenan de rabia hacia el enemigo
Oh compatriota, no me veas más como débil e incapaz,
Mi voz se entremezcla con miles de mujeres en pie
Para romper todas juntas todos esos sufrimientos, todos esos grilletes.
Soy la mujer que ha despertado, He encontrado mi camino y nunca jamás retrocederé.
Esto es lo que no debemos olvidar. Que somos las mujeres que hemos despertado y que no podemos dejar que nos hagan retroceder.
Y hasta ahora hemos hablado de literatura y hemos recordado algunas mujeres que escribieron o trataron de hacerlo, que fueron ocultadas y, a veces sacrificadas, algunas en la misma hoguera, otras como Meena, no tan lejos ni en el tiempo ni en el espacio, que se tuvieron que retirar, renunciar a todo, para seguir su impulso creativo natural. Pero no hemos hablado de pintura o escultura, por ejemplo, donde la dificultad es mayor, porque los materiales y los espacios no son tan cotidianos, ni tan baratos, ni se puede crear alegremente, hay que vender lo que se hace, hay que entrar en círculos destinados sólo a hombres. Mujeres en las artes plásticas ha habido, claro que sí, pero yo sólo quiero recordar a una en este día: a Mary Cassatt, de la que pocos han oído hablar siquiera. Amiga de Renoir y de los impresionistas franceses, su obra pasa a un segundo plano por ser mujer; la calidad artística no le faltó, más bien anduvo sobrada de ella. Tenemos que hablar de Camille Claudel, la joven escultora a la que vampirizó y ocultó el gran escultor Rodin, que murió loca en un asilo después de la muerte de su amigo y amante. En fin, son anécdotas personales muy significativas de la forma en que la mujer ha sido ocultada en el mundo de la cultura antes de nuestros días, en los que parece, pero sólo parece por el momento, que la mujer empieza a ser visible.
Pero hay un mundo cerrado y fuertemente masculinizado en el que la mujer ha tardado mucho más en entrar como creadora. Me refiero a la música. He pensado a menudo en esto: ¿por qué la mujer que intentó crear en otros ámbitos no lo consiguió en el de la música? Hay representaciones de mujeres como intérpretes de instrumentos y como cantantes desde muy lejanos tiempos, pero nunca nos ha llegado la memoria de mujeres compositoras. Dejando aparte la Antigüedad, de la que tampoco nos llegan nombres de varones compositores, por el estatus particular de la música en esos tiempos, la música estuvo durante toda la Edad Media y en adelante, hasta el siglo XIX dominada por la Iglesia, y sabemos que los focos misóginos más importantes parten de esta institución que ejerce su influencia sobre cortes y universidades. Del mismo modo que se aparta a la mujer de los oficios religiosos y del culto, se le aparta de la música sacra y como derivación de toda la música, excepto en los palacios como intérprete y en el mundo popular como transmisora oral de las músicas propias de cada colectividad. Entonces, verdaderamente sentí curiosidad por el asunto y me puse a buscar a las músicas por todas partes. Efectivamente, eran invisibilizadas, estaban sin investigar, nadie conocía sus nombres, pero existían, en todas las épocas, en toda Europa. Y a las primeras que descubrí fue a tres mujeres del siglo XIX, quizás porque son las primeras investigadas y recuperadas. Volví a recordar a la hermana de Shakespeare, de la que no sabemos nada, pero existió. Ellas eran dos esposas y una hermana: Clara Wieck (Schumann), Alma Mahler y Fanny Mendelssohn. Las dos primeras fueron mujeres muy dotadas para la creación musical; Clara tuvo ocho hijos, un marido genial y enfermo mental. A pesar de eso, dejó obra musical que se va recuperando poco a poco. Alma antes de casarse recibió una carta de su pretendiente Gustav Mahler: en ella le decía claramente “el rol de compositor, el mundo del trabajo” le correspondía a él, mientras que a ella le tocaba hacer el “papel de compañera amante y pareja comprensiva”. Alma eligió y dejó de componer. El caso más dramático, sin embargo, es el de Fanny Mendelssohn, pues es la hermana a la que se refiere Virginia Wolf por excelencia. Con idéntico talento que su hermano, educada en la música desde niña, nunca su vocación fue aceptada. Su hermano, que la adoraba, y que la siguió en la muerte sólo unos meses después de morir ella, mantuvo toda su vida una actitud ambigua respecto a la creación de su hermana. Algunas de las canciones que publicó bajo su nombre se sabe ahora que eran en realidad de Fanny. Ella sólo tuvo en este aspecto el apoyo de su marido, el pintor Hensel, y de algunos músicos, como Gounod, que reconocieron su talento. Hensel recogió todas las partituras de su esposa y esto es lo que ahora permite ir recuperando la obra de una mujer oculta hasta ahora.
Mozart también tuvo una hermana que lo sobrevivió en muchos años y también fue víctima del rechazo de la sociedad por la mujer creadora.
¿Cuántas hermanas más quedan perdidas en el tiempo patriarcal? A las feministas nos queda una larga labor de recuperación de aquellas hermanas que son nuestras madres.

