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11/30/2009

Comisión 8 de Marzo


A comienzos del año 2001 se reunió por primera vez, en el Casino de Murcia, un grupo de mujeres representantes de diferentes organizaciones sociales, partidos políticos, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, y mujeres sin adscripción a ninguna de estas organizaciones dichas, independientes, pero todas con una misma idea y un mismo proyecto, en el horizonte siempre los principios del Feminismo y como meta la igualdad. Las impulsoras del proyecto eran, principalmente, mujeres del Foro Ciudadano; sin embargo, podemos decir que todas las que respondieron a ese primer llamamiento eran todas entusiastas de la idea y deseosas de reorganizar de algún modo el Feminismo en una ciudad y en una región cada vez más agostada por una politica conservadora que lo último que podía practicar era una política de igualdad ni de apoyo a la liberación de las mujeres. En aquella primera reunión todas salimos ilusionadas y esperanzadas, pero muy conscientes del trabajo que quedaba por hacer, y con los primeros debates abiertos, acerca de las actividades, de los escasos recursos disponibles, del papel de los hombres concienciados, de nuestra disponibilidad para realizar las labores que nos veíamos por delante. Los proyectos eran muchos, pero se optó por la prudencia y eso que se llama el paso a paso, o como nos decían las viejas maestras, despacito y buena letra, que piano, piano, se va lontano. Las cosas empezaron así, con las sencillas celebraciones de días significativos para la liberación de las mujeres: el 8 de marzo, el 25 de noviembre. A este proyecto se unió una asociación ya formada de antemano, el Foro de la Mujer, de inspiración cristiana y con gran inquietud por la erradicación de la violencia de género; no se trataba de una unión de hecho, mediante compromisos, sino una alianza para celebrar estos días juntas y unir fuerzas, en un panorama bastante desolador.

Alicia Poza y Karina Santiago en la primera 
comemoración del 8 de Marzo.

Desde entonces, la Comisión 8 de Marzo ha elaborado informes, ha convocado manifestaciones y concentraciones, compitiendo siempre con la "oficialidad" y obstaculizadas por ella, en razón de que las instituciones murcianas, dominadas por la derecha más rancia, vieron al momento que la Comisión prosperaba y decidieron en primer lugar no dar espacio informativo nunca; en segundo lugar, no prestar ningún recurso; en tercer lugar, ocupar los espacios públicos en los que solía ser convocada. O sea, todo un programa de ninguneo y desprecio, mientras estas instituciones, obligadas por ley a velar por la igualdad, escatimaban recursos y acciones, se sumían en la inercia y en el abandono de sus funciones.


Pancartas feministas en el25 de noviembre.

Por otra parte, no sólo se ha tratado de acciones de tipo sociopolítico, sino que también se ha ocupado la Comisión 8 de marzo de realizar actos culturales tendentes a denunciar la injusticia y la violencia contra las mujeres, a activar la historia silenciada de las mujeres y a proponer metas de igualdad. Este sí, todo un programa a favor de las mujeres y de una sociedad más justa e igualitaria.




Una reunión de la Comisión 8 de Marzo

Las organizaciones que persisten en la Comisión 8 de Marzo, ocho años después de su primer encuentro o que se han unido con posterioridad, son las siguientes:
Sindicatos: CGT, STERM-La Intersindical y UGT.
Partidos políticos: PSOE y IURM
Organizaciones: Foro Ciudadano, Foro de la Mujer.
Mujeres independientes, que sería muy largo nombrar, forman parte también de la Comisión 8 de Marzo.


Lola L. Mondéjar, escritora, lee el manifiesto
del 25 de noviembre, mientras Mercedes Noval sostiene 
el micrófono.

A lo largo del tiempo se ha ido consolidando este grupo y cada vez hay más experiencia en organización y diálogo. También se ha unido como formación a distintas propuestas sociopolíticas, ecologistas, por ejemplo,  y ciudadanas, y que cada tercer lunes de mes se une a la concentración contra la violencia de género ante el Edificio Moneo, junto con las mujeres del Foro de la Mujer. Es de destacar que a las últimas concentraciones y actos se han sumado hombres de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, y hombres independientes concienciados con los problemas de género y comprometidos con la igualdad. Por supuesto, las instituciones y los medios de comunicación siguen sin prestar ni la mínima atención, pero algún día este trabajo por la igualdad y los derechos de las mujeres de la Comisión 8 de marzo, será reconocido. Al menos, eso es lo que esperamos.

Nota: Si existiera algún error u omisión en este resumen, cualquier mujer de la Comisión 8 de marzo puede subsanarlo mediante un correo, y yo editaré inmediatamente la entrada para ajustarla. Si es necesaria alguna precisión, también se aplicará el mismo procedimiento. Así mismo, quiero decir que este blog está abierto a colaboraciones de quien lo desee, en línea con el pensamiento feminista, o con elaboraciones culturales de mujeres o sobre mujeres.

12/23/2007

Margarita y las joyas

Este vídeo corresponde a las imágenes y parte de la música que se presentaron con la conferencia dada en el MUBAM (Museo de Bellas Artes de Murcia) el día 29 de noviembre de 2007.





12/17/2007

Margarita y las joyas 1

El día 29 de noviembre de 2007 di una conferencia en el Museo de Bellas Artes de Murcia, con motivo de un ciclo organizado por el propio Museo y coordinado por Santiago Delgado. El cuadro asignado, graciosamente, a mi comentario fue este melancólico lienzo de Juan Martínez Pozo, un pintor murciano romántico muerto a los veintiséis años. Reproduzco aquí el texto completo de la conferencia. Sucesivas entradas numeradas con el mismo título permiten una lectura continuada del texto.


MARGARITA Y LAS JOYAS

Evocación sobre un cuadro de Juan Martínez Pozo


Por razones que todo el mundo en esta ciudad sabe, me he criado viendo pinturas; para decirlo más claramente, he crecido en el estudio de un pintor. Eso incluye también visitas a museos desde muy niña y abundancia de libros de pintura a mi disposición desde que aprendí a leer, que no fue precisamente tarde. Por eso, cuando me pongo a mirar con atención un cuadro, y eso es ya un hábito en mí, empiezan a surgir ideas, sentimientos, recuerdos, relaciones, todo ello de una manera intuitiva, algo confusa. Son pequeños rayos de luz que vienen de la materia pura, y no sólo de la imagen en su conjunto, del tema o del motivo concreto, sino de la materialidad misma del objeto: la calidad y cualidad del material usado, su distribución, la finura o grosor del trazo, las zonas de color y de sombras. Tanto importa que sea una pintura altamente figurativa, abstracta o minimalista. Yo percibo por la vista, pero pronto el objeto toma otras cualidades sensuales distintas desde ese punto de percepción: puedo saber cómo sería si la tocara –lo que está muy mal en alguien que contempla una obra de arte, ya lo sé, pero que he hecho a menudo con pinturas de toda confianza, con los ojos cerrados- y cómo olería si me acercara lo suficiente a ella. Esa evocación sensual bien arraigada en mí, unida a los recuerdos más lejanos, me permite luego ir más allá, trascender lo inmediato –incluso aquellos aspectos técnicos que a los críticos tanto gustan- y entrar en el mundo de lo representado. Y de nuevo encontrarme, en ciertos casos, que lo representado trae a mi imaginación y a mi pensamiento todo un proceso de elaboración desde la infancia hasta la edad adulta. Así que empezaré tratando de explicar esas intuiciones directas que la pintura de este cuadro, esta “Margarita” de Martínez Pozo, me evoca. El de este pintor muerto tan joven es un pincel meticulosamente melancólico. Resulta muy difícil definir esa sensación, porque parece que la melancolía es dejadez y abandono, pero sólo parece, pues la melancolía es detallista, meticulosa y observadora. El alma se repliega y se sitúa en un punto de vista que antes no había tenido. Un poeta melancólico se demora en la observación del tiempo, de la luz, de las sombras, mira el espejo de su propia alma cuando el tiempo y la fugacidad o lo doloroso de los acontecimientos se refleja en ella. Un artista melancólico es un acechador del destino. Un pintor tiene otras costumbres: deja que sea su material el que trabaje en el telar de la melancolía, y así, necesariamente, aparece en el cuadro ese tacto aterciopelado en ciertas zonas, sedoso en otras, que da el deslizarse del tiempo en la creación, y, sobre todo, aparece la comprensión piadosa del modelo. De la profunda oscuridad nace la luz: la luz triste del rostro de la mujer, la luz pálida de sus finas manos, el oriente triste de las perlas, que la imaginación popular ha designado como lágrimas. Las perlas son llanto. Presagian llanto. Margarita es un nombre que designa a una flor, pero en su origen griego designaba a la perla. No hizo mal Goethe en cambiar el nombre que la muchacha tenía en el primer Fausto, Gretchen, por este de Margarita. Es cierto que es un cuadro literario, es decir, basado en una escena de la literatura. Esta obra ha sufrido y ha gozado de toda clase de ilustraciones y recreaciones pictóricas, generalmente más basadas en la magnífica ópera de Gounod que en el texto original de Goethe. Este mismo pintor, que aquí se muestra tan melancólico, es un entusiasta que arrastra el pincel lleno de colorido, arrebatado, en un cuadro como “Las cruces”, que, este sí, está plenamente basado en la ópera y no en el texto del genio alemán, ya que tal escena fue una recreación de Gounod, quien quiso convertir su ópera en un alegato cristiano de la eterna lucha entre el bien y el mal. Sin embargo, este cuadro que hoy vemos no viene de ahí, sino directamente del poema dramático Fausto y de esa primera parte que el poeta dedica, como él mismo dice, “al pequeño mundo”, a la concreción del mal en la tierra y sus efectos sobre sus pequeñas criaturas. Digo esto porque no se trata, a mi parecer de un cuadro “teatral”, sino literario, es decir, psicológico, se diría que lírico. Un pintor que desea pintar un cuadro “teatral” tiene que trabajar de memoria, o quizás con un ligero apunte tomado de cualquier modo en el propio teatro. Nunca se trata de un cuadro detallista, cercano en la visión, sino de grandes movimientos o de escenas concentradas pero ligeras, amplias, que dan idea de la teatralidad. Cuando se ve un cuadro de estos, se intuye el decorado, el disfraz de ópera, se intuye hasta el público. El cuadro se puede escuchar, no sólo ver. Pues ni en el Fausto de Goethe ni en la ópera de Gounod, ni en ninguna de las restantes recreaciones musicales o literarias, tiene Margarita ante el espejo la melancolía que presenta en esta imagen; esta es una imagen de estudio, una imagen recreada, pensada, casi acariciada, en la misma actitud del poeta melancólico. Es sin duda, tras ese primer encuentro sensual con el cuadro –tacto de ropa antigua, aroma de madera vieja-, la primera impresión que me alcanza. Una tremenda melancolía, no la alegría de la muchacha que se prueba joyas encontradas en su casta habitación, sin saber quién es el donante. Podemos comparar la jovialidad de esta escena de ópera con la joven de mirada baja, de rostro serio, ensimismado, de nuestra Margarita, una muchacha sana y sonrosada, una perfecta germana, pero que no está exultante como la Margarita de Gounod, sino pensativa.

Margarita y las joyas 2

Al igual que las perlas son en la imaginación popular un presagio de dolor y llanto, este cuadro fue concebido desde el presentimiento de la tragedia. Martínez Pozo conocía ya el desenlace. Su modelo ideal, no, pero no importaba a efectos de su creación, porque su creación tenía como punto de inspiración, no la Margarita inocente de Fausto, tanto en la ópera como en el poema dramático, sino la Margarita que el pintor había interiorizado; es decir, el propio pintor. Esta joven ya conoce su destino, porque su creador lo conoce. Y mira melancólica su rostro porque las joyas –un único collar de perlas, cuando la abundancia y la variedad son la nota dominante en la escena, y el cofre, curiosamente, no aparece- se las ha probado como quien cumple un destino inevitable, porque tenía que probárselas para que su sino se cumpliera. Quitando la técnica de los ropajes, que tanto recuerdan las ropas de Murillo y hasta de Velázquez -¿de dónde ha de aprender un pintor sino de los maestros que le precedieron?-, quitando ese modelo germánico popular, con su carnalidad nívea y su larga trenza rubia, lo que queda es una mujer enfrentada a un destino, cumpliendo un ritual necesario.
Y tras esta primera impresión, aparecen otras al mirar este cuadro: tres grandes líneas, tres luces de evocación o reflexión me llegan. La primera de ellas, los recuerdos asociados, la línea del proceso vital que me permite ahora ver algo más en el cuadro, algo que quizás pueda explicar con cierto esfuerzo. La segunda, un punto intermedio de evolución, que es la relación con la poesía y la música que este cuadro de ningún modo puede negar. La tercera una meditación que a algunos les podrá parecer inconveniente sobre la condición de la mujer, reflejada de un modo absolutamente claro a lo largo de siglos y siglos de arte, pero especialmente exacerbada en la representación del Romanticismo, época a la que pertenece no sólo este cuadro, sino también la inmensa obra literaria en la que se inspira.
Primero vayamos a esa primera percepción de origen remoto, en mi infancia. Hice yo un viaje a mis cuatro años de edad con mi padre. Me llevó a Madrid y, entre otras anécdotas que ya he contado en otras ocasiones, quedó grabado en mi memoria tierna una imagen. Él quería visitar una exposición temporal, no sé si en el Prado o en el Museo de Bellas Artes, pero sí que fue en un gélido invierno del año 1956; en aquella exposición se reunían grandes cuadros románticos de toda España. Allí nos encontramos a Francisco Cano Pato, el juez poeta, al que, por relaciones de carácter familiar bastante oblicuas, yo llamaba tío. Mi padre, naturalmente, se puso a hablar con el paisano amigo –no hay viaje a Madrid donde no se encuentre un paisano amigo- y yo me puse a mirar los cuadros desde la distancia segura de la pierna derecha de mi padre, que es refugio natural cuando se tienen cuatro años. Y lo que vi que me gustara o al menos no me desagradara, no lo recuerdo en absoluto, pero sí tengo clavada una imagen que me horripiló: un cuadro donde se representaba a una joven, muy pálida, junto a un hombre detrás de los cuales aparecía el mismísimo demonio de rojo aterciopelado, con la pinta de demonio más demoníaca que yo haya visto en mi vida. Claro que esto lo pueden achacar a que yo no hubiera visto en mi vida un verdadero demonio y al hecho manifiesto de tener yo entonces una mente impresionable y proclive al miedo cerval, o sea, una mente de cuatro años. Yo no paraba de señalar con el dedo, con los ojos bien abiertos, para no perderme ni una gota de terror, mientras mi padre seguía su plácida conversación con el juez poeta. Cuando se vinieron a dar cuenta de que lo mío no era gusto de dar la lata, sino pánico, ya se iba pasando, porque a todo nos acostumbramos, y entonces no se le ocurrió otra cosa a mi padre que explicarme la poca importancia que aquello tenía. Era un cuento, sólo un cuento. Al fin y al cabo era sólo una escena de la historia de Fausto, un hombre que vende su alma al diablo y que arrastra en su vesania a una pobre muchacha inocente. El miedo inmediato, el de la imagen, se me pasó, ya que era sólo un cuento, pero creo que me dejó una secuela mucho peor: el miedo metafísico, si es que a esa edad se pueden nombrar o sentir esas cosas, y algo bueno, la certidumbre de que ese miedo sólo tiene un alivio, el poder contarlo. El caso es que desde entonces vengo sufriendo ese miedo, que da alas hacia la oscuridad tenebrosa del ser humano y que nos aleja del animal satisfecho, y vengo también persiguiendo ese cuadro sin haberlo encontrado, aunque me haya pasado la vida jurando que lo había visto en este Museo, que tan generosamente nos abre sus puertas. Y ya sé que esto no es verdad, que no pertenece a este Museo, sino, según me dice mi erudito hermano Manuel, a una colección particular murciana, y su autor Germán Hernández Amores, cuyo hermano Víctor también recreó alguna escena fáustica. He dicho que tenía la certidumbre de ser uno de estos cuadros de Germán Hernández Amores el que yo vi, pero no puedo asegurar que no fuera el de su hermano Víctor, conservado hoy en el Museo de Pontevedra. Realmente da lo mismo. A cambio de ese cuadro que ya me parece una creación imaginativa de mi memoria y que alguna vez me gustaría volver a ver, tengo ante mí este de Margarita probándose las joyas, cuyo tema corresponde a un estadio más avanzado del Fausto de Goethe en mi recuerdo. Sea por aquella remota impresión, por no haber podido volver a ver esa pintura que hubiera analizado ya con malicia adulta, o por imperativos culturales tempranos, uno de los primeros libros que leí, quizás sin demasiada comprensión, fue el Fausto. Lo leí, lógicamente, de la arbitraria pero bien nutrida biblioteca de mi padre. Luego fue uno de los primeros que compré con mi dinero, para mi uso particular, en aquellas ediciones Austral de clásicos en rústica. Como una baraja quedó la criatura. Cuando aumentó mi poder adquisitivo y mi afán cultural, habiéndome juntado inconscientemente con otro lector impenitente, con la intención de tener hijos, electrodomésticos y libros, muchos libros, compramos con gran regocijo las obras completas de Goethe, en esa magnífica traducción de Cansinos Assens, con sus enjundiosos estudios previos y su inabarcable erudición. Conservamos esos ejemplares como oro en paño. Aún gusto de leer alguna novela o de repasar las poesías, sobre todo aquellas en las que Goethe recoge chispazos de arte popular, temas eternos de belleza creados por el pueblo y que los poetas cultos echan a su cestillo como el que añade unas flores silvestres a un ramo de rosas recién recogidas del propio jardín.
Fue por esa época cuando se desarrolló en mí el gusto por la ópera. Gusto por la música en general siempre he tenido. Esto tiene el mismo origen que mi gusto por los cuadros, aunque no con un valor tan sensorial. En el estudio de mi padre, mezclada a los olores de los barnices, de los óleos, de las colas de conejo, de los temples, de las esencias de trementina, del aguarrás, y otros potingues que los pintores usan para sus magias, había siempre música en el aire, a veces clásica –los conciertos de Bradenburgo, Schubert, mucho Beeethoven, mucho Brahms-, a veces ligera –música italiana moderna, canciones populares-, y muy a menudo ópera. Si no había ópera, la cantaba mi padre de aquella manera, que no era mala, porque tenía bonita voz de bajo, buen oído y algunos conocimientos musicales que le había inculcado su madre, la cual, a su vez, los había recibido en la casa de su abuelo, don Carlos María Barberán, ilustre presidente del Colegio de Abogados de Lorca, escritor aficionado, uno de los aviesos inspiradores de las procesiones de Lorca, con todo lo que estas conllevan de la espectacularidad del género lírico romántico y de la propia ópera, y muy gran admirador de las óperas italianas, hasta el punto de haber creado una, el libreto quiero decir, para que le pusiera música un amigo suyo, proyecto que quedó en nada. Cuando yo era jovencita vi en un cajón del estudio de mi padre el manuscrito de “Los Macabeos”, que de esto iba el libreto, y supongo, y espero, que haya sido puesto a buen recaudo por mi hermano Manuel, no tanto porque no se pierda, sino para que a nadie se le ocurra poner solfa a semejante cosa. De estas aficiones vinieron las mías. Muy joven oí por primera vez el Fausto de Gounod y creo que hizo en mí la misma impresión que debió hacer en un también joven Juan Martínez Pozo, que seguramente la escuchó en París, más en ambiente y modo que yo en mis limitaciones de provinciana perezosa. De toda esa magnífica ópera, particularmente, me embeleso con las partes en las que canta Margarita, porque son de una delicada expresividad, de una enorme piedad hacia la muchacha, quizás más piedad que la que mostró el consejero palaciego Goethe, del cual sabemos que en ejercicio de su cargo firmó una sentencia de muerte en un caso parecido al de la Gretchen primera, luego mejor llamada Margarita. No es por estar ahora frente a este cuadro, sino que mi preferencia por este tema y esta ópera viene de mucho antes, como se puede ver.

Margarita y las joyas 3

Nunca me ha parecido el Fausto una obra dramática en sí, sino un poema filosófico que adopta la forma dialogada del teatro, porque a su grandeza y riqueza otra forma no puede corresponder. Muchas tradiciones fáusticas anteriores, de carácter culto o popular, desde el milagro medieval de Teófilo, han sido poemas narrativos de carácter teológico o filosófico. El inglés Marlowe fue el primero que lo vio de un modo dramático en tanto que desarrolla un conflicto no sólo entre el bien y el mal, sino entre la divinidad y el ser humano. Pero fue Goethe el primero que comprendió la dimensión lírica del tema y la hizo brillar en el personajes de su Gretchen primera, el primero que introdujo en el conflicto una mujer real, una ingenua campesina, que cerrara el trío dramático y fuera el verdadero contrapunto de las dos fuerzas masculinas, Mefistófeles y Fausto. Que, pese a su crimen horrendo, representara la inocencia y el bien, y que fuera salvada por su propia decisión. Recordemos que el propio Fausto, como en un milagro medieval, es salvado finalmente por intercesión de mujeres santas, entre ellas la que fue la penitente Margarita.
Pero una de las cosas que más me han impresionado siempre del Fausto es precisamente la oposición entre dos líneas de pensamiento y creación que corren siempre paralelas en la obra: la tradición popular y la tradición culta. Es la culminación, por tanto, de esas dos líneas recorridas por Goethe como poeta, cuando une, como hemos dicho antes, las rosas cultivadas con las flores silvestres. Muchas de su poesías tienen un inconfundible aroma popular. Muchas escenas del Fausto son protagonizadas por gente del pueblo que como pueblo hablan y cantan. No era ajeno al pueblo ni despreciativo con él, romántico al fin, lo quisiera o no, y sobre todo con sus creaciones espontáneas o criadas -digo criadas y no creadas intencionadamente, por semejanza de estas obras populares con el largo y costoso camino de una crianza- a lo largo de generaciones en un perfeccionamiento colectivo. El romance del “Rey de Thule” que Margarita canta mientras da vueltas a su rueca es una muestra de ello. Procedente de una verdadera canción popular, Goethe supo ver la maravilla lírica que suponía. De fondo de estas postales de fin de siglo, lo que da una idea de la inmensa popularidad de su obra a lo largo del tiempo, podemos oír la versión cantada de la ópera de Gounod y leer el poema que la inspiró.

EL REY DE THULE

Hubo en Thule un rey amante,
que a su amada fue constante
hasta el día en que murió;
ella, en el último instante,
su copa de oro le dio.
El buen rey, desde aquel día,
sólo en la copa bebía,
fiel al recuerdo tenaz,
y al beber humedecía
una lágrima su faz.
Llegó el momento postrero
y al hijo su reino entero
cedióle, como era ley:
Sólo negó al heredero
la copa el constante rey.
En la torre que el mar besa,
Por orden del rey expresa
(tan próximo ve su fin),
la corte, en la regia mesa,
gozó el último festín.
En postrer soplo el anciano
moribundo soberano
apuró sin vacilar.
Y con enérgica mano
arrojó la copa al mar.
Con mirada de agonía,
la copa que al mar caía,
fijo y ávido siguió,
vio como el mar la sorbía,
y los párpados cerró.

Cuando leo este poema popular, por derivación cuando escucho este fragmento de la ópera de Gounod, no puedo dejar de pensar en los romances novelescos castellanos, sobre todo aquellos incompletos o fragmentarios, que dejan una huella de misterio en la imaginación, y a los que en ocasiones, se llama romances líricos. Recuerdo, por ejemplo, el Romance del Prisionero o el del Conde Arnaldos, aunque evidentemente el sentido no es el mismo. Sólo me refiero a ese aroma misterioso, a esas actuaciones individuales plenas de sentimiento. ¿Por qué canta precisamente ese romance del Rey de Thule Margarita? Porque habla de un amor constante hasta la muerte, algo que se convierte también en presagio, puesto que su amante la abandonará, y ella será la constante, el Rey de Thule que muere amando.

Margarita y las joyas 4

No anda este asunto muy lejos de una consideración acerca del lugar que la mujer, como objeto, pues como sujeto tímidamente comienza su dificultosa aparición, ocupa en la literatura del siglo XIX. Quizás me he quedado corta y no se trata sólo de la literatura romántica, sino de un lugar ocupado secularmente y que en el Romanticismo encuentra su máxima expresión por causas que exceden los límites de esta exposición literaria. Para resumir la idea, diré que más que nunca se exalta una imagen de lo femenino que apareció mucho tiempo atrás, en las cortes de amor medievales y en la primitiva adoración mariana: la extrema separación entre naturaleza y cultura, la naturaleza representada por la Mujer, la cultura representada por el Hombre. Esa separación es tan drástica que incluso afecta a las creaciones artísticas: lo popular sería perteneciente a la Naturaleza, o sea, femenino y colectivo, lo culto, lógicamente, a la cultura o civilización, es decir, masculino. La mujer real sólo puede estar en el que Goethe llama “el pequeño mundo” y no puede aspirar a las alturas metafísicas ni poéticas. La mujer, con minúscula, es un colectivo formado por individuos todos iguales o clasificados en imágenes fijas: la mujer fatal, plena de belleza y maldad, la doncella, casta y recogida, ignorante de todo, la matrona y la bruja. En esa dicotomía entre cultura y naturaleza, se produce la exaltación de una imagen femenina ideal, intangible; en definitiva, una imagen de mujer inexistente, ansiada y perseguida, convertida en símbolo de la belleza poética, una Mujer con mayúscula, mientras la mujer real es sometida a unas leyes biológicas estrictas sancionadas por leyes sociales más estrictas aún en las que ella, naturalmente no interviene. No es fácil demostrar esto en el corto espacio que tenemos, pero es algo que podemos ver claramente en el Fausto de Goethe, por la importancia que cobran dos mujeres en la obra: Margarita y Helena. Podemos ver, por ejemplo, sus tesoros. El tesoro de Margarita: un modesto cofrecillo de joyas ofrecido con vistas a la seducción. El tesoro de Helena, en la segunda parte del Fausto, los sótanos de un castillo inexpugnable donde se acumula todo el oro y las piedras preciosas de la tierra. Margarita entrega su vida por culpa de su pequeño tesoro; Helena es obsequiada con él a su vuelta del cautiverio en Troya. Y si fuera poco esta imagen, tendremos que mirar cómo Fausto abandona a la mujer real a su suerte, por más que en última instancia acuda a la prisión a ofrecerle una salvación ficticia y malévola, mientras persigue por los mundos ulteriores la imagen de Helena, en el recorrido onírico, delirante y simbólico que es la segunda parte del Fausto. Que esto es así lo sigue demostrando el hecho de que cada uno paga con lo que tiene, con lo que simbólicamente se le concede: Fausto con su alma para adquirir conocimiento y superioridad, pues no es sólo juventud y poder lo que se le entrega finalmente (esa es la parte previa que corresponde al pequeño mundo); Margarita con su cuerpo por las culpas de haber sobrepasado las estrictas leyes sociales a las que la mujer se somete.

Y aún algo más, y que afecta a la misoginia desarrollada en la cultura occidental desde el medievo: el asunto de las joyas. Una pregunta que surge ante este cuadro en el que Margarita no parece precisamente muy entusiasmada con su magnífico collar de perlas-lágrimas: ¿por qué ese apego, esa fijación de las mujeres con las joyas? Puesta a pensar, encuentro dos razones: una afecta al regalo, a la donación seductora; la otra afecta a algo más pedestre y elemental, un asunto de supervivencia. Aparte estarían las razones tradicionales que cualquier misógino aduciría: la mujer es avariciosa, la mujer es coqueta, es vanidosa. Trata de acumular tesoros y trata de estar hermosa para ser halagada. Las acusaciones, como tales, no son ciertas en sí mismas, pero lo serían vistas de otra manera. Ahí vendría sor Juana Inés en nuestra ayuda, pero ya la llamaremos cuando tengamos necesidad.

En primer lugar, a la mujer se le regalan joyas porque están hechas con materiales que provienen de las entrañas de la tierra, es decir, se le entregan objetos que tendrían el poder de la magia simpática para propiciar a los iguales: si ella es naturaleza profunda, se la identifica con la tierra, en cuyo seno se crían las joyas, como en el seno de ella se crían los vástagos; esto es el carácter simbólico del asunto. En otro orden de cosas, el enamorado entrega joyas para demostrar su poder social y atraer así a la mujer a una seguridad para la crianza. Si ella las acumula con gusto, es por otra razón bien diferente y mucho menos simbólica. Evoquemos un hecho común que todos habremos vivido en nuestra infancia, si pertenecemos a una clase media más o menos acomodada: nuestra madre tendría un modesto o lujoso joyero, según posibilidades, con sus joyas. De algunas nos diría que eran herencia de su madre y que algún día serían herencia para las hijas de la familia. Las joyas, por modestas que sean, son un pequeño tesoro que las mujeres se pasan de madres a hijas. Lo he estado pensando con detenimiento y creo que no basta la vanidad o la coquetería, ni siquiera la avaricia, para justificarlo. A mi parecer es algo que responde a la necesidad de asegurar la supervivencia. Las joyas constituyen un seguro para las mujeres. Que en ciertas capas sociales y en este tiempo ese seguro personal ha perdido por completo su función, es cierto, pero también lo es que las costumbres seculares no desaparecen fácilmente y, sin conocer ya la verdadera función, se sigue recurriendo a la misma estrategia. En sociedades más primitivas, algunas contemporáneas nuestras en países pobres, la mujer es pobre entre los pobres, porque, como ser tutelado, no es la propietaria de ningún recurso. El divorcio, el repudio, la viudedad o la soltería pueden sumirla en la miseria. No puede acumular dinero, porque no se le permite guardarlo en instituciones a su nombre -esto ocurría en este país mismo hasta no hace tanto- y según las leyes de muchos países queda excluida de la herencia de su padre. ¿De qué modo puede obtener recursos duraderos y rápidamente utilizables si no es acumulando joyas? Vamos a ver ahora los escaparates de joyerías en un país como Marruecos, en la Medina de Tetuán, imágenes que debo agradecer a un buen amigo, Manuel Rodríguez, que generosamente me las ha enviado. Podrían servir los escaparates de nuestras joyerías, pero las marroquíes son mucho más deslumbrantes y explícitas para lo que queremos explicar. La mujer marroquí es una de esas excluidas de la herencia paterna, así que estas son joyas de dote o regalos para mujeres que sólo contarán como patrimonio personal con lo que consigan acumular en oro y piedras preciosas. Para completar este cuadro, traigo aquí un precioso documento, una carta de dote morisca de Granada, registrada notarialmente en 1540. La rescata del pasado para nosotros la estudiosa granadina doña Joaquina Albarracín Navarro. En su momento era un documento jurídico; ahora es un documento histórico, pero hoy tiene para nosotros el sabor de lo lírico; el amor a las palabras y a los objetos preciosos que evocan.

Dice para comenzar doña Joaquina Albarracín:

“Entre los documentos inéditos que Juan Martínez Ruiz guardaba en una carpeta titulada “en elaboración”, aparece transcrita una carta morisca de dote y arras escrita en letra procesal encadenada de muy difícil lectura, fechada “a treze días del mes de Nobienbre de 1540”, procedente del Archivo de Notarías de Granada.

Los contrayentes son: Lorenço Hernández Abenhabid y Guiomar Axaa, de “la collaçión de S. Salbador” (Albaicín). ”


En esa carta de dote, que pretende como se puede suponer asegurar los recursos de una mujer que se va a casar, aparecen perlas, piedras preciosas y oro, joyas semejantes a las que hemos visto en los escaparates de Tetuán. Joyas que nuestra melancólica Margarita no pudo ni soñar con su cofrecillo de joyas demoníacas. Las palabras que las nombran ya no existen y, si existen, nadie las usa. Hay también en ello algo de melancólico, algo elegíaco.

Entre muchos enseres y prendas, la joven Guiomar -¡qué hermoso nombre de morisca!- recibe un abdul de çinco borlas de seda de grana con su aljófar e oro con sus trenças y otro abdul de seda amarilla, con colores Un abdul era un collar trenzado que usaban las moriscas de Granada, que se componía de trenzas de seda con labores de oro y borlas de la misma clase de color de grana, amarillo, azul y morado. Las borlas con bellotas de oro, que pendían de estos cordones o collares eran de ordinario tres, pero los había también con cinco. En vez de broche el adul se sujetaba a la garganta con botones de oro o de aljófar. También incluía la dote de Guiomar un collar con alcorcíes de oro, los cuales eran unas piezas de oro con esmaltes que pendían de las gargantillas de aljófar. Anillos, le dan en dote tres, dos con turquesas y otro con un granate. Siendo morisca, no podían faltar las ajorcas, de oro por más señas, que eran brazaletes para los tobillos. ¿Y un collar con balage? Una de sus prendas más preciadas seguramente, pues el balage, nombre tomado de la provincia persa de Balajs, era un berilo semejante al rubí, de un tono no tan encendido y tirando al morado. Pero sin duda la estrella de la dote debía ser un collar con dos alcorcíes de oro, dos piedras balages y otras piedras y perlas, además de otro collar de oro pequeño, con dos alcorcíes esmaltados con perlas y aljófar, todo ello ensartado en un cordón de seda colorada. Zarcillos no debían faltar y eran de oro, de doce cuentas, con su aljófar y seis pinjantes, palabra esta en desuso que significa, según me dice mi amigo Paco García y me confirma, aún con más precisión, mi cuñado Luis Alberto el Arqueólogo, eran unas piezas preparadas en cualquier objeto de joyería para colgarle piedras preciosas o perlas, o lo que buenamente se quisiera.

Para mirarse con sus joyas a Guiomar no le faltó en la dote un espejo de plata con una borla de seda azul.

Si con un sencillo cofrecillo Margarita fue seducida, una muchacha humilde que no había visto una perla en su vida, y que se siente una “señorita”, ¿cómo se sentiría la joven dotada con estas deslumbrantes joyas? Se sentiría segura, podemos asegurarlo. ¿También hermosa cuando se las pusiera y se contemplara en ese espejo de plata, como nuestra Margarita se contempla en el espejo gótico de madera oscura? Con toda certeza. Diría el misógino: la vanidad femenina. Pero pensemos si no se ve la mujer hermosa con las joyas porque representan su salvación. Es decir, cambiamos el punto de vista. Si el verde nos alegra la vista porque representa ancestralmente la promesa de nutrición, las joyas nos hacen parecer hermosas porque representa nuestra riqueza. Lo que para el misógino es vanidad, no es sino seguridad. Lo que es avaricia, se convierte en supervivencia. Y esto más o menos es lo que decía Juana, aunque aplicado a la caida de la mujer en la seducción. En el caso de las joyas llama vanidad y avaricia el misógino a lo que su propio mundo masculino ha creado. Y ahora sí que podemos llamar a Sor Juana Inés de la Cruz en nuestra ayuda, con unas cuantas de sus magníficas y airadas redondillas contra la vanidad masculina.





¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.


Y en el caso que nos ocupa, nunca mejor dicho.

Quizás algún día las mujeres de todo el mundo acumulen joyas o las atesoren en sus pequeños joyeros solamente como un maravilloso recuerdo de familia. Quizás algún día Margarita pueda contemplarse en ese espejo sin la melancolía de un destino fatal que le traen esas tristes perlas. Quizás entonces, las mujeres puedan leer con mucho placer este pequeño poema sobre mujeres y joyas de un poeta hebreo del siglo XII, navarro por más señas, Yehuda Levi1:


Seda bordada es el vestido de tu cuerpo,

pero la gracia y la hermosura recubren tus ojos;

las joyas de las doncellas son obras de artesano,

mas esplendor y encanto son tus adornos.



Te revistas o no de brocados como las señoras,

te basta tu figura, pues te adornas de encanto y no de joyas.

Estás colmada de hermosura, ¿qué te añaden collares y lunetas?

¡Sólo impiden abrazar tu garganta, besar tu cuello!


1(Yĕhudah Ha-Levi (1070-1141), nació en Tudela. Es sin duda el máximo exponente de la poesía hebrea peninsular medieval. Tras dejar en su juventud su ciudad natal, se estableció en las tierras musulmanas de Al Andalus, recibiendo allí una esmerada formación tanto en ciencias, particularmente en medicina, como en leyes, teología y poética.Tuvo estrechas relaciones con los mejores poetas judíos y árabes de su época, gozando en vida de una fama extraordinaria, siendo aún sus versos leídos con deleite en la actualidad. Tocó temas amorosos y báquicos, cantó a la amistad, lloró por la muerte de los seres queridos, reflexionó sobre asuntos muy humanos, ensalzó a Dios y trató de consolar a su pueblo en elexilio. Al final de su vida, dejó Sefarad y embarcó hacia Israel, deseando pasar sus últimos días en la añorada tierra de sus antepasados, por él tan amada.

6/30/2007

La ley integral no es el problema

La ley integral no es el problema, aunque tampoco sea la solución definitiva a la violencia machista. Las organizaciones feministas valoran la ley y denuncian cuáles son sus verdaderos problemas en cuanto a su aplicación. Merece la pena saberlo. Hay que escucharlas, porque la elaboración del discurso es propia de la construcción de la ciudadanía para las mujeres. El machismo no tiene discurso; es directo, es brutal, no entiende de leyes. Las leyes son acuerdos sociales para paliar o evitar un conflicto, pero nunca son las soluciones al problema. Así lo debemos ver, pero para que tengan la eficacia requerida tienen que ser verdaderos acuerdos sociales. La mentalidad machista es muy difícil de borrar de la sociedad. Las mujeres muertas son sólo la parte más visible, cruel e impactante del asunto. La violencia es estructural y se ejerce desde las propias instituciones, como de una manera implícita denuncian estas mujeres.

5/30/2007

Cécile Chaminade: una compositora ignorada

CÉCILE CHAMINADE

En el verano de 1865, un joven músico francés llamado Georges Bizet conoce en la ciudad francesa de Vésinet a una niña de ocho años, llamada Cécile Louise Stephanie, hija del financiero Monsieur Chaminade, que le deja asombrado por sus cualidades musicales precoces, debido a las cuales llamaría en adelante a la pequeña “mon petit Mozart”. Cuarenta años más tarde, esta niña sería ya una dama en cuyo nombre y honor se fundarían cientos de clubs femeninos en Estados Unidos, cuyas partituras serían vendidas por miles, y hasta daría nombre a una línea de cosméticos femeninos. Aquella niña fue, en definitiva, la primera mujer que vivió de componer música. Había nacido en París el ocho de agosto de 1857. Su madre, que era una buena aficionada a la música, como muchas mujeres de la burguesía por entonces, se ocupó de la iniciación musical de su hija.

El joven Bizet, habitual visitante de la familia Chaminade junto con otros músicos célebres, no se equivocó en absoluto al recomendar encarecidamente que aquella diminuta genia tenía que seguir estudios musicales más allá del ámbito familiar. Su padre, sin embargo, tenía otra idea acerca de lo que la música podía significar para una mujer de su clase. Se opuso enérgicamente y declaró que una mujer burguesa sólo podía ser una buena madre y esposa. Tanto le lloraron madre e hija, tanto rogó Bizet como amigo de la familia, que el padre, unos años después consintió en que la jovencita acudiera a tomar lecciones con reputados maestros de la época, con la única condición de que esas clases fueran privadas, es decir, recibidas en absoluta soledad. No pudo Cécile compartir con otros condiscípulos sus avances y experiencias, ni aprender en la interrelación que es siempre una clase colectiva. No vivió, po supuesto, el ambiente musical del Conservatorio de París. Tampoco pudo variar apenas de maestro. Benjamin Godard fue su maestro más constante e influyente. Sin embargo, desde que tocara a los ocho años unas pequeñas piezas sacras que ella misma había compuesto para su primera comunión, las que fueron el asombro deBizet, no dejó nunca de ser alabada y celebrada como compositora e intérprete, lo que no impedía que ella en muchas ocasiones no se mostrara demasiado segura de sus cualidades creativas; no debe asombrarnos tal cosa, porque hay que considerar estas dudas, por una parte, las propias del propio proceso creador y, por otra, el hecho de ser una verdadera pionera en cuanto a su camino como compositora de éxito mundial; muchas mujeres antes se habían dedicado a la música como intérpretes, bien en el ámbito público, pero sobre todo en el ámbito privado del hogar o de los conventos; pocas, sin embargo, habían podido desarrollar su labor creativa como compositoras, pero desde luego a ninguna se le había permitido una carrera pública en este sentido. Tenemos el estremecedor ejemplo de Fanny Mendelshon o de Alma Mahler, que sufrieron todos los prejuicios de su época y no pudieron desarrollar sus cualidades musicales como debían, por el simple hecho de ser mujeres. El caso de Cécile Chaminade se convierte entonces en un primer ejemplo paradigmático de mujer compositora con una carrera propia y exitosa.

Hasta la muerte de su padre, que en los últimos tiempos de su vida ya se mostraba orgulloso de la carrera de su hija y parecía haber olvidado de pronto el fin de toda mujer burguesa, Cécile escribió lo que el mundo fuertemente masculinizado de su época llamaba “música seria”. Su maravilloso y virtuosista “Concertino para flauta”, que sigue siendo un desafío para cualquier flautista fue compuesto, quizás para un flautista del que estaba enamorada y con el cual no llegó a casarse, aunque puede resultar un hecho legendario, ya que la única biografía más o menos fiable de Chaminade, la que hizo su sobrina Antoinette Lorel, permanece aún inédita en manos de la familia. A lo largo de su vida sólo se casó una vez, con un anciano editor de música marsellés, con el cual mantuvo o bien una relación platónica o bien un tranquilo matrimonio de conveniencia, el cual sólo duró cinco años. Viuda de Monsieur Carbonel, el editor musical, jamás volvió a casarse. Decía de ella misma: “Mi amor es la música, de la cual yo soy la religiosa, la vestal”.

A partir de la muerte de su padre, que no le dejó precisamente una economía boyante, debido a sus malas inversiones, la música se convirtió en su modo de ganarse la vida para ella y para su madre, que fue, mientras vivió su fiel compañía. Eso podría explicar que no escribiera más de la llamada “música seria”, sino sólo piezas de piano para pianistas intermedios y canciones acompañadas de piano. Esta dedicación suya le proporcionó un enorme éxito en toda Europa y en Estados Unidos. La admiración por sus composiciones alcanzó a tanto que se fundaban clubs femeninos de admiradoras, y no sólo de su música, sino de su talante y estilo como mujer. En uno de esos clubs se llegó a formar una acróstico con sus iniciales que la definía como ideal de mujer profunda, creativa, casi con un cariz místico.

C – Concentrado y concertado esfuerzo.

H – Harmonía[1] de espíritu y trabajo.

A – Artísticos ideales.

M – Mérito musical mantenido.

I - Inspiración.

N – Notas.

A – Ardor y aspiración.

D – Devoción por el deber.

E – Empeño honorable.

Tenía un público femenino ferviente que la adoraba, mientras los sectores musicales masculinos, o sea, la gran mayoría, se pasmaban por una parte de sus cualidades o denigraban su música como música de salón. Lo cierto es que sus canciones siguen siendo hoy en día una verdadera delicia, aunque su nombre esté olvidado del gran público y sólo reservado a unas cuantas personas curiosas, eruditas y musicólogas. Steel Moegle, una de sus estudiosas, defiende su labor como compositora explicando el espacio que la música clásica dejaba al descubierto y que ella cubrió ampliamente y con excelencia. En definitiva, Chaminade escribía su música para sus contemporáneas, para las mujeres aficionadas a la música, pianistas y cantantes de mediano nivel. Quizás estemos ante un caso de lenguaje femenino incomprendido por el grupo humano que ha detentado el poder cultural durante siglos. Así como Virginia Woolf reclamaba para las mujeres creadoras una habitación propia, quizás lo que deba ser reeivindicado de una vez hoy en día, y ya sabemos que con lento y pacífico trabajo, sea una voz propia y una crítica acertada y justa que la comprenda. Chaminade, en el campo musical, la tuvo y eso le costó que siempre pusieran en entredicho su originalidad –todos los críticos tratan de encontrar el compositor al que se parece en cualquier pieza-, su peso específico – sus piezas son calificadas de ligeras-, o su papel innovador, cuando tales cosas nunca son buscadas en compositores varones. Se le buscan maestros y antecedentes, no parecidos; la ligereza en ellos es gracia; la falta de innovación es para ellos acertada utilización de los recursos tradicionales. Chaminade era una mujer en un mundo creativo de hombres. Un músico llegó a decir de ella, y esto no se sabe muy bien cómo tomarlo, que no era mujer que componía, sino un compositor que era mujer. Curioso tema para una larga reflexión sobre el género en la música, e incluso en otras artes. Pero sobre todo en la música, un coto fuertemente cerrado y defendido durante siglos de la presencia femenina.

De ello tenía verdadera conciencia la compositora y su análisis acerca de las cualidades creativas de las mujeres y las barreras casi infranqueables que podían encontrar se reflejan claramente en estas palabras suyas:

“Yo no creo que las pocas mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para las mujeres; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado seguridad… La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo en el mundo y el trabajo que su sexo y condición les impone no ha sido ajustado a darle una completa idea para el desarrollo de lo mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y sólo unas pocas, a pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa incapacitación”.

Cécile recorrió toda Europa con enorme éxito, llegando hasta la misma Turquía. La reina Victoria de Inglaterra la recibió con honores en Windsor. Su gira por los Estados Unidos fue clamorosa. Fue recibida por el propio presidente Roosvelt, agasajada y admirada en Canadá.

Su obra consta de más de cuatrocientas composiciones, de las cuales apenas podemos escuchar hoy en día algunas grabaciones. Entre sus composiciones, la mayoría publicadas sólo en partitura y no grabadas comercialemente, encontramos un ballet, “Callirhoé”, que se mantuvo en cartel durante meses desde su estreno; el famoso Concertino para flauta; los Seis estudios de concierto para piano; una obra escénica, “La Sevillana”; una Sonata en Do menor; una gran cantidad de hermosas canciones para soprano y piano; innumerables piezas para piano solo. No resulta comercial, es de suponer. Hasta tal punto esto es así que una magnífica grabación de la Deustche Gramophone, realizada por la soprano Anne Sophie Von Otter, no lleva en portada ni en la carátula del disco el nombre de la compositora, sino en la contraportada y en letra menor. Otra curiosidad, no sabemos si casual o intencionada.

Francia, cuyos músicos varones tanto la habían despreciado, la honró finalmente concediéndole la Legión de Honor, convirtiéndose en la primera mujer que recibía tal galardón. Su comportamiento durante la Primera Guerra Mundial fue ejemplar. Dejó de lado su carrera musical para convertirse en enfermera en un hospital de campaña; tenía entonces cincuenta y siete años. Después de la Guerra aún siguió componiendo, pero fue espaciando poco a poco sus apariciones públicas.

En 1925 se retiró defintivamente de la escena musical y después de sufrir la amputación de un pie, fue a vivir a Montecarlo, donde vivió hasta su muerte, el 13 de agosto de 1944. Su nombre y su música se hundieron en el olvido más absoluto. Hoy en día aún no se ha recuperado su voz musical ni su personalidad de vestal del arte, mujer y artista, de méritos personales y cívicos. Parece que puede haber llegado el momento de recuperarla en la genealogía de mujeres que nos precedieron y que hoy pueden ser iconos de la liberación de las mujeres modernas.



[1] Recuperamos la ortografía clásica de armonía/harmonía para que el acróstico cuadre.

3/27/2006

¿Por qué le llaman sexo si es poder?

Siempre que se habla de prostitución, sin detenerse demasiado en reflexionar, cualquiera cree que estamos hablando de sexo.

Por ejemplo, a las personas que estamos por la abolición de semejante práctica patriarcal se nos tacha de “estrechas”, personas llenas de complejos ante el sexo o de miedo, pacatas y moralistas. Y si a todo eso antecede la palabra feminista, pues ya tenemos el cuadro completo de rechazo. Es una “feminista abolicionista” parece ya lo peor que se puede decir de una mujer, como si en esas dos palabras se resumiera algo muy rancio y muy neurótico, y se nos pinta entonces con el sombrerito y el paraguas, como unas sufragistas victorianas desfilando contra el vicio. Y, desde luego, no es así. No hay un rechazo al sexo en el abolicionismo. Incluso diríamos que la mayoría de las abolicionistas de hoy fueron las que hicieron la revolución sexual de ayer, cuyos beneficios de libertad y desenfado disfrutan muchas mujeres que hoy se avergonzarían de decir que son feministas y se proclaman regulacionistas en el tema de la prostitución.

No hay un rechazo al sexo, repito. Hay precisamente todo lo contrario: la celebración del sexo como una actividad libre, abierta, no mediatizada por pulsiones ni por intereses, como juego o como placer, por amor o sin amor, sólo comprometida en la afectividad permanente a una persona, porque así se desea para un desarrollo personal o para la creación de un núcleo familiar. Como un elemento de crecimiento vital que sabemos ocupa toda la vida sin comprometerla.

Mientras es así, el sexo es un valor. Como forma de poder, es una enfermedad social. Es enfermizo cuando una mujer lo usa para su ascenso social. Es enfermizo cuando un hombre no es educado para un manejo social y aceptable de sus pulsiones. Parecería por las declaraciones de ciertos hombres que todos ellos lleven una fiera dentro a la cual habría que calmar con sacrificios humanos. Yo, sencillamente, no lo creo. Creo que es una construcción de su género como la sumisión lo es del género femenino. De ese imaginario masculino viene la perversa idea de que las prostitutas nos salvan a las demás mujeres del salvajismo masculino, o sea, de la violación. Con prostitución o sin ella, las violaciones son una estrategia de dominación masculina que no se evitan porque haya prostitutas para calmar a las fieras. Las fieras son sólo fantasías masculinas. De adolescentes saben muy bien cómo calmarla. No es necesario que haya unas víctimas propiciatorias, depósito de todas las bajezas, que libren a las demás de la violación.

Por otra parte, se alega la necesidad de ciertos hombres solitarios, ancianos o enfermos. Digo lo mismo que anteriormente. De adolescentes sabían lo que tenían que hacer. Bien que lo pagaron en los confesionarios. Hoy ni siquiera tienen que ir a confesarse. Y si lo que buscan en los servicios de una prostituta es afecto, amor, cercanía, están siendo víctimas de un engaño. No lo encontrarán, porque no es eso lo que una prostituta da en ningún caso, sino un cuerpo convertido en objeto que puede ser comprado por el que puede pagarlo. Lo que vende la prostituta no es afecto, pero tampoco es sexo. Lo que vende es poder. En el servicio prestado es la pasividad, la sumisión, el poder hacer sin trabas y sin respetos, lo que el hombre paga. En ello hay una humillación inconsciente –a veces bien consciente– a la mujer que se encarna en el cuerpo objeto de la mujer comprada. Es el poder máximo lo que se compra y lo que se vende.

Me decía una amiga lesbiana que ella era regulacionista, porque también había mujeres y hombres homosexuales que compraban sexo de otros hombres o mujeres, y eso le quitaba la carga patriarcal al asunto. Yo sigo diciendo que ellos y ellas hacen lo mismo que el varón que paga a una prostituta: compran poder absoluto sobre un cuerpo objeto y ejercen la ilusión de poseerlo por completo y sin trabas, lejos del respeto al otro.

3/26/2006

BURKAS Y ABLACIONES



En portada, la presidenta del Parlamento europeo, Madame Fontaine, una mujer en edad madura, discreta, elegante, sonriente, saluda a dos bultos azulados de tela. Si no estuviéramos en antecedentes, la foto resultaría absurda. Cualquiera que la viera sin estar al tanto, creería que la gran noticia de primera plana era que la dicha mandataria europea había perdido el juicio y había invitado al foro que preside a dos fantasmas. Pues no. La noticia no era esa. Era mucho más dramática, porque aquellos dos bultos eran, en realidad, dos mujeres, según nos dicen. Otros datos de identidad no los tenemos; a decir verdad, tales datos no existen. Eran dos mujeres afganas cubiertas con el terrible burka. En su país llevarlo es una obligación cuya trasgresión mínima puede costarles la vida; en Europa es una protección cuya omisión puede costarles la vida a sus familiares en Afganistán. Habían venido a Europa después de una arriesgada huída de su país para pedir ayuda, es de suponer que ayuda internacional, para quitarse de encima aquellos pesados ropones que caen sobre su humanidad ocultándola toda; también para quitársela a todas las mujeres que allí quedan y a todo el pueblo afgano. A las muertas y a los muertos ya no los puede recuperar ninguna ayuda por internacional que sea. Estas mujeres llegan aterrorizadas por el destino de sus familias a merced de locos fanáticos nada arbitrarios, sino guiados claramente por un signo fatal. También por ellas mismas: el brazo justiciero de Alá es largo e inmisericorde. Ellas son el grito patético de socorro sofocado por el miedo. No van a conseguir la ayuda que piden. Las feministas claman por ellas, porque centran su interés en la situación de esas mujeres anuladas, violadas, machacadas. Pero ellas son un síntoma más, el más candente. Los hombres también están padeciendo el terror, porque no hay nada que afecte a la mujer que no sufra también el hombre de diferentes modos. También ellos son anulados, violados y machacados en el gran mortero de Alá inmisericorde. Los talibanes, sin embargo, separan cuidadosamente, la pulpa sanguinolenta masculina de la femenina para evitar el pecado en su ofrenda. Y no recibirán la ayuda que piden ni unos ni otras. No hay intereses en la zona, o los hay de un cariz diferente a los que movieron otras intervenciones militares del llamado “mundo civilizado”. Lo más a que pueden aspirar es a un poco de ayuda humanitaria, migajas limosneras, dificultada o incluso robada por sus propios verdugos.

Pues también en la prensa nos encontramos otra estela de humillaciones y agresiones. Los africanos que vienen a España no dejan en el Continente misterioso sus prácticas ancestrales con las mujeres. Médicos aragoneses han dado la voz de alarma: en España se practican ablaciones de clítoris, infibulaciones y otras mutilaciones genitales a niñas de corta edad. Han tenido la valentía de denunciarlo y de intervenir judicialmente para evitarlo. Se han encontrado con hechos consumados en muchos casos. Algunos de ellos se han producido en viajes de vacaciones al país de origen; otros sin mediar viaje, lo que demuestra que se han llevado a cabo aquí mismo. Nos podemos imaginar el estado de ánimo de estos pediatras, su sentimiento ante un cuerpo infantil mutilado salvajemente. Los padres alegan que es costumbre cultural. ¿Cultural? Cultural es la música, vamos. Esto es simplemente salvajismo. Y aún más, cualquier costumbre, por “cultural” que sea, que atente contra los derechos fundamentales de la humanidad debe ser atajada con la mayor energía. Sin consideraciones. Nuestros profesionales de la sanidad, de la educación y de la política deben entrar sin miedo en este terreno de defensa de los derechos primeros de todo ser humano. Se nos están planteando los primeros problemas de la multiculturalidad; otros países ya los han tenido y han pasado el análisis de las soluciones, hasta dónde se puede ceder y qué es inadmisible.

Nosotros acabamos de empezar. Las personas inmigrantes vienen a nuestra tierra buscando una vida más digna; nuestros políticos les imponen unas duras condiciones, lo que hace su vida más indigna aún aunque ganen el salario de la ilegalidad. Siguen en la clandestinidad con sus prácticas ancestrales: es nuestro deber impedirlo, desde luego, pero su integración y el abandono de prácticas contra los derechos humanos pasan necesariamente por concederles a nuestra vez sus derechos fundamentales. En los casos concretos, cuando se descubra el hecho o la intención de mutilar a una niña, debe procederse con la mayor contundencia, pero está claro que a largo plazo lo que lo evitaría por completo sería que estas personas tuvieran en nuestro país una vida verdaderamente digna, condiciones de vida humanas, educación, sanidad y atención a su integración dentro del respeto a lo que de verdad constituye su cultura.

Tampoco en este caso recibirán ayuda. Los intereses de este llamado “mundo civilizado” van por otros derroteros. A lo más a que pueden aspirar actualmente las niñas africanas es a la mirada indignada del pediatra, con un poco de suerte a que se consiga evitar en su caso que se lleve a cabo la mutilación. O sea, un poco de ayuda humanitaria puntual. Que en este caso y por el momento, no es poco.

Este artículo apareció en Escuela Hoy, revista sindical del STERM, en mayo de 2001, a propósito de los sucesos que se desarrollaban en Afganistán en aquellos días y de los primeros casos de mutilaciones genitales de niñas africanas descubiertas en nuestro país. Desde entonces, nada ha mejorado ni para las mujeres afganas ni para las niñas africanas.

3/17/2006

La señora Mernissi en la Frontera

Mi amiga Aixa Bulaich me enseñó quién era Fatema Mernissi. Yo andaba cruzando la frontera. La pasaba con un pasaporte ceutí en la mano casi todos los días. Y la pasaba también sin pasaporte, de la mano de Aixa y de otras personas que ocasionalmente me guiaban por las muchas fronteras entre su mundo y el mío.

No fue casual que fuera ella quien me descubriera a la señora Mernissi -que no hay casualidad, sino destino, o como queramos llamar a las felices coincidencias, es lo primero que aprendí en la frontera- y no lo fue porque Aixina, como su propio nombre familiar indica, era también un ser fronterizo, la persona perfecta para guiarme hacia la gran Frontera de la señora Mernissi.

Un día fuimos a Tánger, ella me guió a la librería de las Columnas y allí me hice con un tesoro: un libro llamado “Sultanas olvidadas”. Más hermoso aún, más tesoro, porque no estaba en español, sino en francés. No es un enorme trabajo para mí leer en francés, pero el hecho de extender sobre el texto el velo de una lengua que, aunque bien conocida y querida, no es la propia, añadía el sentimiento de tener un tesoro misterioso ante los ojos. Y aquí tienen ustedes a una española, leyendo en francés a una marroquí, rodeada de personas que hablaban español, árabe, hindi e inglés, e incluso berebere del Norte, en una ciudad minúscula, hermosa y dura, cuyo contorno es una pura frontera: fronteras humanas y fronteras de la naturaleza. Leyendo a una marroquí fronteriza, como mi querida Aixina. Fueron unas horas mágicas y, en este caso, no es una palabra vana: si algo tiene la escritura de la señora Mernissi, y tiene mucho, es precisamente magia. Lo que muchas mujeres marroquíes hacen con fórmulas y procedimientos de fascinación popular, lo hace ella con la palabra, en lo cual tiene nobles antecedentes; la princesa persa que salvó su vida y la de otras muchas mujeres, no usó la magia amorosa para ello, sino simplemente la palabra. Así que, buena heredera de aquella princesa, la señora Mernissi me embrujó, me fascinó con su palabra. Pasados los mágicos efectos, de los cuales hay primero que disfrutar libremente, vino la reflexión sobre aquello que me decía tras las historias de mujeres bellas y poderosas del mundo islámico. Lo que ella quería demostrar, creo haberlo entendido bien, era que en el Islam, a pesar de la prohibición de que una mujer sea califa y, por tanto, que sea mandataria o gobernanta, se había burlado la norma en múltiples ocasiones. Bien, la vida es la vida, las necesidades aprietan y las ocasiones históricas están muchas veces por encima de vetos y fronteras. La comparación con el mundo occidental de las mismas épocas históricas no estaba explícita, pero cuando quien lee es un ser a punto de pasar fronteras, la comparación siempre subyace al texto. Le iba diciendo yo en mi interior, mientras la leía, que Occidente no se distanciaba mucho de esto mismo. No había en tiempos una prohibición en nuestro mundo, pero la situación era parecida y nosotras también podíamos rescatar reinas y dignatarias de la historia occidental, que también habían accedido al poder por circunstancias o necesidades o que habían influido en política a través de los hombres que las amaban. Ciertamente, apartar a la mujer al espacio privado, al harén, no era una norma exclusiva del mundo oriental. Digamos que en Oriente fue un hecho explícito y mucho más severo y en Occidente fue algo tácito y aceptado sin darle publicidad, pero con muy parecidas consecuencias. Y aún hoy, pese a las cuotas y a la pretendida paridad, que ocasionalmente se respeta en política, existe para muchos espacios públicos lo que las analistas han denominado “el techo de cristal”.

La otra parte que, en “Sultanas olvidadas”, era objeto de reflexión para mí era la siguiente: en un mundo en el que las opiniones y las ideas, incluidos los prejuicios y las falsedades, son de las pocas cosas en las que no hay fronteras, la señora Mernissi quería lograr dos objetivos, cada uno a un lado de la gran Frontera: para este lado, deshacer la idea monolítica de un Islam oriental de puro harén y prohibición; para el otro lado, otorgar confianza y seguridad en sí mismas y en su pasado a las mujeres de países musulmanes y orientales que en este siglo y en el anterior se incorporan, por otra parte, como nosotras, a la lucha por la igualdad, la autonomía personal, la ocupación del espacio público y la educación.

No otro sentido hallé a los sucesivos libros de la señora Mernissi que fui incorporando a mi biblioteca de pequeños tesoros. Todo cuanto leía me confirmaba en los tres principios: la señora Mernissi como poseedora de la palabra fascinante, la señora Mernissi como frontera entre dos mundos –recordando que las fronteras están para franquearlas y pasarlas, y que la peor es la que se lleva impresa en la mente-, la señora Mernissi ayudando a las mujeres magrebíes –árabes en general- a reconsiderar su situación, a tomar el poder, como ya lo tuvieron en algunas ocasiones, a no aminorarse ante Occidente, porque Occidente tuvo también su harén, y aún lo tiene, aunque a su modo particular. Así leí con sumo gusto “Marruecos a través de sus mujeres”, que no hacía sino deshacer la idea de la Mujer en el Islam, idea que expreso con mayúsculas porque con mayúsculas se destaca lo falsamente mítico, como si en el mundo árabe e islámico la mujer tuviera un único modelo, un patrón fijo, primer engaño de cualquier patriarcado. A propósito del harén, de la fantasía orientalista occidental, el libro “El harén en Occidente”, incidiendo en las ideas ya expuestas, escrito desde una perspectiva de mujer, íntima, personal, es una verdadera delicia. Hay un tono en ciertos libros que nos invita a soñar con que alguna vez la voz femenina en la escritura dejará de valerse del patrón masculino. La señora Mernissi es de esas voces precursoras. Cuando Virginia Woolf escribía que la mujer debía encontrar sus frases, sus construcciones, creo que no se refería tanto a la gramática y su uso, aunque también seguramente, como al tono y a la expresión que la mujer debería encontrar en su camino hacia la creación propia, lejos de las imposiciones culturales del patriarcado. La costumbre de traspasar fronteras ha dado a Fatema Mernissi esa libertad personal para encontrar sus propios recursos. Y si se quiere saber dónde está la primera frontera vivida por la escritora, leer “Sueños en el umbral” es imprescindible. Allí, además de un encantadora novela autobiográfica, en la que entraremos en lugares prohibidos, encontraremos las razones y los orígenes de todos los pasos fronterizos: entre la niñez y la adolescencia, entre la independencia y la colonización, entre la desunión y la conciencia de pueblo, entre lo árabe y lo occidental, entre hombres y mujeres, allí y aquí, entonces y ahora. No han cambiado las cosas tanto.

A todo esto, yo no había visto nunca el rostro de Fatema Mernissi. Cuando obtuvo el premio Príncipe de Asturias tuve, como cualquier persona en este país, esa oportunidad. Es un rostro hermosísimo, lleno de vida, abierto, expansivo. Un verdadero pasaporte personal para pasar alegremente toda frontera.

3/15/2006

Por las mismas fechas que escribí el artículo "Lisístrata y los empresarios", escribí este otro sobre las fundaciones, círculos y conventículos generadores de ideas de la derecha ultraconservadora. Se puede encontrar en la red en el mismo enlace que el anterior.


Los Think y los Tank

Fuensanta Muñoz Clares

De pronto, no se sabe por qué conjunción astral o tal vez debido a misteriosas fuerzas o intereses, empieza la gente a encontrarse en los medios de comunicación una expresión, una locución, muy repetida, traída y llevada. Su significado se intuye vagamente. En esa vaguedad intuitiva queda flotando la expresión, a no ser que la semilla caiga en una mente obsesiva. Un cierto grado de obsesión debe formar parte del análisis crítico. Asegura que esas expresiones, a veces islotes emergentes de tierras sumergidas, no se vayan a perder en la nada etérea, sino que pasen a ser indagadas y situadas en su verdadero contexto.

Así, algunos ciudadanos y ciudadanas de este país hemos leído últimamente varias veces una expresión anglosajona que antes no conocíamos: THINK-TANK. Leemos también que el gobierno formado por Bush en EEUU cuenta con miembros de prestigiosos "think-tank". Aquí empiezan nuestras suspicacias. Como sabemos de qué color se le pone la mano a Bush de tanto firmar ejecuciones, y qué idea tiene de la política exterior, y también de las políticas interiores, ya vamos pensando que esto del "think-tank", aunque suene a juego infantil, a campanillas o a juego de palabras de la Alicia de Carrol, no puede ser nada bueno.

Luego nos enteramos de que el Círculo de Empresarios, tan celebrado últimamente en los medios por sus ideas acerca de la natalidad y las contribuciones económicas de las trabajadoras, además de por otras perlas negras que casi han pasado desapercibidas, dado lo llamativo de esa declaración que acaparó la atención general, es también un "think-tank".

Quien tenga unas nociones de inglés y sea algo obsesivo, en vez de quedarse en la vaguedad de una definición primera (depósito de ideas o algo parecido), busca más información en un buen diccionario, en el cual encuentra dos acepciones de la palabra TANK:

1. "A large container for holding liquid or gas"

2. "A military vehicle covered with armour and equipped whith wheapons which moves along an metal tracks fitted over the wheels"

Esto va bien, o sea, mal. Bien para unos pocos, mal para el inmenso resto. Aparece en la primera acepción la palabras "liquid" o "gas". Aparece la milicia en la segunda acepción. Según ella, un "tank" es un tanque en nuestra lengua. Todos sabemos lo que son los tanques y para qué sirven: los vimos en Checoslovaquia, en la plaza china de Tiannamen, en nuestras calles en el 23-F, y recordamos que cierto político, hoy respetable presidente de una comunidad autónoma, amenazaba frecuentemente con sacarlos a la calle. Sabemos a quién y para qué sirven: arrollan, chafan, destruyen, aterrorizan. Respecto a los líquidos o los gases, pueden ser cosas buenas o malas, según de qué estén hechos y según para qué se usen. Para calentar nuestros alimentos o para gasear gentes inocentes. Para beber o para contaminar. Pero mucho nos tememos que en este caso, unido a "think" y viniendo de quien viene, tengamos que inclinarnos por las opciones menos tranquilizadoras.

Unida esta palabra, bien como gas o líquido, bien como arma destructora, a "think", arroja un resultado inquietante. El pensamiento, la más alta cualidad humana, se une a la destrucción. "Tanque de pensamiento", un tanque formado por ideas para arrollar, chafar, destruir, aterrorizar. O bien, un montón de ideas pestilentes y letales, en forma líquida o gaseosa, contenidas y comprimidas en un enorme tanque. De esto último puede resultar o bien una terrible explosión (sería el totalitarismo mercantilista ultraliberal, con sus antecedentes y secuelas de miseria humana), o una insidiosa espita que va dejando escapar el "gas de las ideas" poco a poco, con mesura, sin anuncios ni declaraciones previas, sin alarmar a las víctimas, aunque el resultado final sería el mismo: el totalitarismo mercantilista ultraliberal. Ellos le llaman globalización. Parece más exacto llamarle totalitarismo. Eso es, a eso tiende.

Pero todo esto son elucubraciones. Quizás la obsesión, saludable para la crítica, se convierte sin advertirlo en paranoia. Lo mejor sería dejar a un lado este agorero discurso y seguir con la investigación.

El mismo diccionario de inglés, como buen diccionario, también contempla en sus entradas las palabras compuestas y las locuciones. Aparece, por tanto, la expresión completa "think-tank" con su sentido nuevo y figurado: "A group of experts who are gathered together by a organization, especially by a governement, in order to consider various problems and try and work out to solve them". Con esto se deshace la ingenuidad primera que podría tener alguien en que parecería que un "think-tank" es algo así como un club privado de golf intelectual sin demasiado peso, que los asociados pensaban para entretenerse, como en una divertida lluvia de ideas a ver qué pasa y qué sale. Ahora, sin embargo, empezamos a hilar. Aquí los paisanos y paisanas creíamos que las maravillosas ideas políticas y sociales de nuestro gobierno eran propias, que emanaban y pasaban a la práctica desde esos cráneos privilegiados a los que tantísimos españoles votaron en su momento. Pues no es así. Los cráneos privilegiados, la materia gris, está en ese club de golfistas intelectuales. Los señores del gobierno son los simples ejecutores de las jugadas que planean los del Círculo de Empresarios, el "think-tank" español. Esta última expresión, "think-tank" español, parece un oxymoron fatal: la alianza de las tendencias ultraliberales y globalizadoras con la casposidad y espesura carpetovetónica. Los resultados, a medio y largo plazo, siniestros. Dicen algunos eruditos que Calderón de la Barca perteneció a un grupo de teólogos e intelectuales que apoyaban y proporcionaban ideas a la política de Felipe IV. También los resultados fueron siniestros, y dicha siniestralidad está reflejada claramente en los dramas y autos sacramentales del tantas veces ideológicamente perdonado autor.

Aparte el inciso literario último, todo esto viene a confirmarlo un esclarecedor artículo, publicado en un periódico nacional, por uno de los socios fundadores del dicho Círculo, un señor con un nombre tan largo -lujos genealógicos de la aristocracia mercantil- que se puede caer en el error de pensar que son dos los firmantes. Además, cualquiera de cierta edad o preocupado por la historia de este país nuestro, cuando lea uno de los apellidos le encontrará resonancias franquistas. López de Letona. ¿Les suena?

Con la intención de defenderse y excusarse de aquel gas o líquido maloliente que se les escapó sin querer y antes de tiempo (demasiado modernos para este país anticuado), según ellos, y que afectaba a la política de natalidad y a los derechos de las mujeres trabajadoras, dando explicaciones lo pone aún peor. Como ya dijo don Quijote, estas cosas escatológicas mejor no menearlas. En el artículo, seguramente con cinismo, no con la inocencia del cínico, y desde luego, sin ninguna inocencia a secas, declara responsable - algunos diríamos culpable- al Círculo de Empresarios de los siguientes bienes y mejoras sociales para nuestro pueblo: el desmantelamiento al baratillo del sector público, las privatizaciones del patrimonio industrial, quizás también cultural y educativo, de todos los españoles, el desastre del mercado laboral, rozando ya en la empresa privada los límites de la esclavitud, la neutralización de los Sindicatos, y, finalmente, la voladura programada del Estado del Bienestar.

Todo esto tiene mucho de "think" convertido en "tank". Es decir, sacando conclusiones, que el Círculo diseña los planos y el Gobierno construye la máquina destructiva. El Círculo de Empresarios almacena y el Gobierno de la Nación va soltando la espita. "Ustedes planifiquen y piensen, que nosotros, previo globo sonda o a la chita callando, haremos realidad sus magníficas ideas". Y cada día somos más pobres, cada días somos más precarios, incluso intelectualmente. Nos atropellan, nos arrollan, nos chafan, y no nos aterrorizan porque lo hacen con mesura, poco a poco, sin alarmar a las víctimas. Los tanques, sin embargo, están en reserva, por si acaso.

Mientras tanto, Javier Tussell, eminente historiador y politólogo, denuncia públicamente esta generación continua de "buenas ideas", perlas insuperables cuyo conocimiento tenemos que agradecerle, pero no relaciona una cosa con la otra. Es decir, no relaciona los "think" con los "tank", los que generan las ideas con los que las llevan a la práctica cotidiana, y valora positivamente a miembros de ese gobierno que parecen obtener su mejor plan político de los cachorros del viejo régimen.

Los ciudadanos y ciudadanas ignoran lo que se les viene encima, aunque noten los efectos como una pequeña enfermedad molesta, sin verdadera conciencia del mal que se desarrolla a sus espaldas. No lo notarán en toda su crudeza hasta que todo esté hecho, todo consumado. ¿Tenía mistress Thatcher un tink-tank detrás de sus actuaciones políticas? Posiblemente sí. Los ingleses aún se están reconstruyendo después de aquel período político y posiblemente no lo conseguirán del todo, ni tal vez aproximadamente.

Así puede ser que en las próximas elecciones los ciudadanos y ciudadanas de este país, si todavía para entonces pueden ser llamados así, vuelvan a votar a los think y a los tanks, porque la espita está bien regulada, y si lo creen oportuno están en su derecho. Y cuando algún deslenguado se vaya de entusiasmo y proponga lo ya insoportable, hasta queden bien con sus declaraciones contradiciendo lo dicho, tanto unos como otros.

No faltará, sin embargo, gente obsesiva que se ponga al análisis de todo, deteniéndose quizás en el peligroso borde de la paranoia. Amargos y doloridos, mirando las víctimas ya caídas en torno, recordamos que nunca hubo quien escuchara los augurios de los obsesivos. Siguen siendo los mismos los que analizan. Siguen siendo los mismos los que no escuchan. Siguen siendo los mismos los que pagan los desaguisados. Y ellos, los "think-tank", también siguen siendo los mismos.


3/11/2006

El verdadero enlace donde se puede encontrar este artículo, Lisístrata y los empresarios, en la Red es

http://www.filosofia.net/materiales/ensa/ensa34.htm